El tercer asesinato: Cuando el drama judicial pone en tela de juicio a la verdad

De las sesenta y cinco producciones japonesas estrenadas en nuestro país en los últimos veinte años, nueve de ellas -incluyendo El tercer asesinato, que se estrena esta semana en nuestras salas-, vienen firmadas por la mano de Hirokazu Kore-eda, uno de los realizadores japoneses con mayor proyección internacional. La comunión del director tanto con la crítica como con el público español son tales que desde que se estrenó su cuarta película, Nadie sabe, en 2004, el resto de sus films han contado con un estreno comercial en nuestro país.

Durante el rodaje de De tal padre tal hijo, en el año 2013, Hirokazu Kore-eda se entrevistó con diferentes abogados para abordar algunos de los detalles legales que presentaba el film. Del proceso de documentación emprendido por el realizador parte el germen que dará origen a la nueva película de Kore-eda: “Defendemos a nuestros clientes partiendo de la base de que no conocemos la verdad, y de que no podremos conocerla nunca. La gente piensa que en un juzgado se encuentra la verdad, pero nuestra función es alcanzar un acuerdo que resuelve un conflicto de intereses”, le comentaba uno de los abogados con los que se entrevistó el director.

Kore-eda que, desde sus inicios, ha alternado el género del documental con el de la ficción, recubre su nueva propuesta de una estructura de drama judicial, para servirnos una disección del sistema de justicia japonés, donde se examina la verdad a través de la relación que se establece entre un abogado (Masaharu Fukuyama) y su defendido (Koyi Yakusho). Un nuevo caso le llega al abogado de éxito Shigemori. A su defendido Misumi, se le acusa de robo con homicidio. Las posibilidades de que el abogado gane el caso son escasas, ya que su cliente reconoce el asesinato, lo que puede conducirle a la pena de muerte. Sin embargo, cuanto más avanza en la investigación, Shigemori empieza a dudar de la versión que le transmite su cliente. ¿Llegará a conocer la verdad?

El film de Kore-eda utiliza el suspense de la misma manera que Alfred Hitchcock lo hiciera en El proceso Paradine,  subrayando el contraste entre la luz y las sombras, dejando a un lado la iluminación natural que siempre ha utilizado el director. Tomando como modelo el cine negro, con referencias tanto al cine americano –Alma en suplicio de Michael Curtiz-, como al clásico japonés –El infierno del odio de Akira Kurosawa-, la película de Kore-eda no pretende despejar la incógnita acerca de la culpabilidad de su protagonista, sino explorar los recovecos de la verdad, y la necesidad que tiene el ser humano de compartir esa verdad y de que alguien la reconozca.

El film está apoyado en unas soberbias interpretaciones por parte del trío protagonista: tanto Masaharu Fukuyama, cantante y actor de éxito, que ya había trabajado con Kore-eda en De tal padre tal hijo; como Koyi Yakusho, con una filmografía de más de ochenta títulos al servicio de directores como Kiyoshi Kurosawa, Takashi Miike o Shôhei Imamura; y la joven Suzu Hirose, a la que recordamos por su papel en Nuestra hermana pequeña, se integran en la ecuación que plantea Kore-eda, cada uno con sus propias incógnitas, que se irán desvelando a lo largo del metraje.

Los encuentros entre Shigemori y Misumi, en la sala de entrevistas de la cárcel, separados por unos metros de distancia, se convierten en el eje vertebrador de la película. Solos los dos, uno frente al otro, el espectador verá como en cada uno de los encuentros, esa distancia que en un principio les separa, se va acortando. Las diferencias existentes entre ambos personajes se irán poniendo encima de la mesa, y es ahí donde el cine de Kore-eda alcanza su mayor esplendor. El momento en el que salen a flote las temáticas del realizador japonés -las relaciones familiares, el sentimiento de la paternidad, la culpa, la necesidad de ser escuchados, el pasado-. El momento en el que el espectador entiende que la sociedad en la que vive, imperfecta, se sostiene sin llegar a conocer o saber la verdadera certeza de las cosas o de las personas.

De nuevo el más noble exponente de la marginal independencia del cine japonés contemporáneo despunta desde la excepcionalidad lúcida de un lenguaje inimitable que nada entre las orillas del cine de ficción y el documental.  El tercer asesinato es, sin duda, una de las películas del año.

Una crítica de Enrique Garcelán

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