De tal Padre, Tal Hijo (Japón, 2013): El humanismo de una obra maestra

1¿Cuándo se convierte un padre en padre? No se precipiten, la cuestión es mucho más peliaguda de lo que podría parecer a simple vista: hay no poca diferencia entre la forma en la que las mujeres viven la maternidad, que implica todo un proceso biológico transformador, y la forma en la que los hombres han de asumir la paternidad. Esta duda se la planteó  el director japonés Hirokazu Kore-eda cuando nació su hija hace ahora seis años, ¿hasta qué punto el vínculo filial viene en el caso de los hombres determinado por compartir la misma sangre con sus hijos o la paternidad puede venir determinada aún más por factores como el tiempo que se comparte con ellos?. De este interesante dilema surgió la semilla de su última película, DE TAL PADRE, TAL HIJO.

2El planteamiento, de entrada, resulta duro: un hospital comunica a dos matrimonios que los niños que tuvieron el mismo día fueron intercambiados. Descubren así que los hijos que han educado y amado desde hace seis años no son sus hijos biológicos, dejando a su arbitrio la decisión de intercambiarlos, yendo cada uno de ellos al cuidado de sus padres naturales y abandonando el mundo afectivo en el que han crecido, o bien, quedarse como están. Las dos familias viven situaciones muy distintas: una está formada por un brillante arquitecto de enorme ambición y mayor exigencia que puede proporcionar una vida de lujo a los suyos, y al que le preocupa de forma muy especial la cuestión de la herencia genética y el poder de la sangre. En la otra, el cabeza de familia tiene un negocio mucho más modesto pero, sin embargo, parece ser capaz de disfrutar de la vida y de sus otros hijos mucho más que el primero.

Sin la menor traza de ceder al melodrama fácil y planteando temas increíblemente complicados desde una sencillez que asombra, Kore-eda nos cuenta el encuentro entre ambas parejas,  asistimos asombrados y conmovidos al proceso de acercamiento de ambas familias y al intrincado dilema moral que los ata, el descubrimiento del hijo natural y verdadero y la terrible toma de conciencia de que recuperarlo significa entregar a cambio el que hasta entonces consideraban como suyo. Casi nada.

3La película contiene todas las claves reconocibles del cine de Kore-eda: pulcritud en la dirección, tempo pausado, encuadres milimétricos, esplendidas interpretaciones – sobre todo de las dos últimas adquisiciones de ese criadero de niños maravillosos que debe tener por ahí escondido en algún rincón remoto de Japón cuya existencia todos sospechamos ¿hace falta recordar a estas alturas tras Nadie Sabe o Milagro (Kiseki) que Kore-eda es el mejor director de niños del mundo?  – y emociones soterradas pero a flor de piel que surgen primorosas arrasando con todo cuando uno menos se lo espera hasta dejar al espectador al borde de la lágrima. O directamente llorando en una de esas lloreras buenas con las que uno se queda tan a gusto en el asiento del cine.

De tal padre, tal hijo es bastante más que una reflexión en toda regla sobre si la paternidad es una condición innata por sangre o es algo adquirido por la crianza de la criatura en cuestión. O ambas cosas. Es una película maravillosa que habla de un hecho irreparable con humildad, sencillez y bajando la mirada del espectador a la altura del tatami, como hacía Ozu. Sólo que ahora no son los adultos sentados los que guían nuestra mirada, sino esos niños estupefactos que, a esa edad tienen precisamente esa altura. Y como quiera que Kore-eda es un grande en estos terrenos, se aplica en lo que mejor domina: desenredar paciente pero de forma inflexible esa maraña de sentimientos, emociones, actitudes vitales, lazos visibles e invisibles, reflexiones sobre lo que significa la familia y ser o ejercer como padre hasta que al espectador no le queda otra que rendirse ante la forma sencilla, cercana y envolvente en la que el director japonés presenta un conflicto aparentemente irresoluble. Pura emoción. Kore-eda dice que, una vez terminada la película, tanto su protagonista como él siguen sin tener una respuesta clara a la pregunta inicial. Pero por el camino, en el intento, nos ha dejado una (otra) pequeña obra maestra.

Por nuestro colaborador David Garrido

 

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