Dieciocho años después de debutar con The Chaser (2008), Na Hong-jin regresa con Hope, su cuarta película como director y, probablemente, una de las experiencias cinematográficas más desbocadas de su filmografía. En su opera prima, un thriller oscuro y angustioso, el cineasta coreano convertía la búsqueda de unas mujeres secuestradas en una carrera contrarreloj en la que la maldad parecía no conocer límites. Después llegarían The Yellow Sea (2010), un thriller social sobre la inmigración que no escatimaba en violencia, y El extraño (2016), una perturbadora incursión en el folk horror coreano en la que los rituales chamánicos y la superstición construían un relato de casi tres horas, capaz de dejar al espectador clavado en la butaca.
Na Hong-jin ha demostrado, a lo largo de su filmografía, una especial habilidad para llevar a sus personajes al límite, enfrentándolos a situaciones que desbordan cualquier intento de explicación racional. Con Hope, sin embargo, parece dispuesto a ir un paso más allá. A sus 52 años, el realizador firma una auténtica montaña rusa cinematográfica: una de esas películas a las que uno se sube en el primer minuto y de las que no desciende hasta que aparecen los títulos de crédito, dos horas y treinta y cinco minutos después.

El título
El título no es casual. Hope significa esperanza, una palabra que adquiere un sentido particular en una península coreana que continúa viviendo bajo la sombra del armisticio de 1953. La posibilidad de un nuevo conflicto entre Corea del Norte y Corea del Sur forma parte del imaginario colectivo de un país marcado por una división que parece no tener final. Desde ese contexto, Na Hong-jin construye una historia en la que la amenaza irrumpe en Puerto Esperanza, un pequeño pueblo cuyo nombre adquiere una inesperada resonancia cuando sus habitantes se enfrentan a algo —o a alguien— que escapa a su comprensión. ¿Qué queda de la esperanza cuando el mundo conocido empieza a desmoronarse?
La presentación de una película como Hope en la Sección Oficial de Cannes pudo despertar cierta perplejidad. A mí, en cambio, me cuesta más entender que Na Hong-jin no se llevara el premio a la mejor dirección. En cualquier caso, más allá de los galardones o de los minutos de aplausos al término de una proyección, lo verdaderamente importante es lo que sucede dentro de la sala. Y aquí hay dos posibilidades: abandonar la película a los cinco minutos si uno es alérgico al cine que reivindica el entretenimiento sin complejos, o dejarse arrastrar por una de las experiencias más estimulantes que puede ofrecer una pantalla grande.

Acción, personajes y… Tiburón
La película se articula en dos grandes bloques de acción, dos sets pieces que terminan encontrándose en un desenlace de proporciones monumentales. Durante aproximadamente la primera hora, Na Hong-jin alterna dos espacios muy distintos: el pueblo, convertido en un escenario de caos y movimiento constante, y el bosque, un lugar frondoso en el que el silencio parece esconder tantas respuestas como amenazas. El montaje en paralelo establece un diálogo entre ambos escenarios y les concede una personalidad propia. En el pueblo suena el rock: los personajes corren, gritan, tropiezan y se precipitan de una situación a otra, mientras el relato avanza a golpe de adrenalina. El bosque, por el contrario, se mueve al ritmo de jazz. Allí importan las pausas, la incertidumbre, los sonidos que apenas alcanzamos a distinguir y la sensación de que algo puede suceder en cualquier momento. Dos espacios, dos ritmos y una misma inquietud que va creciendo hasta hacerse insoportable.
Cuando el monstruo hace acto de presencia, resulta inevitable pensar en Tiburón, de Steven Spielberg. Como ocurría en aquel clásico, la amenaza no solo desencadena el miedo: también modifica el comportamiento de los personajes y transforma la manera en que percibimos el espacio que habitan. Pero Na Hong-jin no tarda en introducir uno de sus ingredientes más sorprendentes: un humor grueso, deliberadamente desmedido y profundamente físico, que convive con el terror sin pedir permiso. Algunas de las secuencias más divertidas del año nacen precisamente de ese contraste. Ahí está la entrada de Hwang Jung-min, en el papel del sheriff del pueblo, en un local donde podría encontrarse la bestia. O esa narración escatológica de un personaje secundario que explica cómo descubrió que en el pueblo no había un solo monstruo. Son momentos que descolocan al espectador y que demuestran hasta qué punto el cineasta domina los cambios de tono. La risa no neutraliza el miedo; a veces, lo vuelve todavía más incómodo.

Las líneas narrativas
Sabemos que las dos líneas narrativas, la del pueblo y la del bosque, acabarán confluyendo. La cuestión no es tanto cuándo sucederá como de qué manera. Na Hong-jin reserva para ese encuentro una última gran vuelta de la montaña rusa, una secuencia de aproximadamente cuarenta y cinco minutos cuyo rodaje se prolongó durante más de un mes. El resultado es una demostración de energía y precisión en la que la acción parece desbordar los límites de la pantalla, mientras el espectador intenta recomponer las piezas de una historia que no deja de cambiar ante sus ojos.
Pero ¿qué nos mantiene unidos a unos personajes que no paran de correr de un lado a otro, buscando una salida que siempre parece alejarse? La respuesta está en la propia incertidumbre. Todos intentan comprender qué está sucediendo y encontrar una vía de escape, pero ninguno dispone de toda la información necesaria para hacerlo. El espectador comparte esa desorientación y queda atrapado en la misma telaraña narrativa que envuelve a los protagonistas.

Un reparto a la altura
Na Hong-jin no parece interesado en dividir a sus criaturas entre buenos y malos, ni en ofrecer respuestas cómodas. Sus personajes son demasiado complejos para quedar reducidos a categorías sencillas. Sus decisiones, sus contradicciones y sus comportamientos alimentan un relato en el que cada nueva información obliga a revisar lo que creíamos saber. Y ahí reside una de las virtudes de Hope: la película mantiene abierta la posibilidad de distintas interpretaciones y convierte al público en un participante activo de la experiencia.
El reparto está a la altura del desafío. Hwang Jung-min no deja de correr, caer y levantarse, como si el agotamiento físico fuera una prolongación del desconcierto de su personaje. Zo In-sung, uno de los grandes actores de su generación, vuelve a demostrar su presencia en pantalla; habrá que prestar especial atención a lo que sucede cuando se monta a caballo. Ver para creer. Jung Ho-yeon, a quien muchos espectadores descubrieron en El juego del calamar, adquiere un papel fundamental cuando abandona el coche de policía y empuña un fusil de asalto. Su presencia añade una nueva dimensión a una historia en la que nadie puede permitirse permanecer al margen.
Y luego están Alicia Vikander y Michael Fassbender, dos intérpretes internacionales que aceptan entrar en el universo singular de un cineasta coreano que nunca ha mostrado demasiado interés por seguir caminos previsibles. Su participación constituye otro de los atractivos de una película que parece disfrutar poniendo a prueba tanto a sus personajes como a quienes los interpretan.

Aventura, ciencia ficción y humor
Hope es aventura, ciencia ficción, terror y, por momentos, una comedia desatada. Na Hong-jin mezcla géneros, altera los ritmos y somete al espectador a un continuo juego de expectativas. Puede parecer una fórmula sencilla: reunir los ingredientes necesarios para que el público disfrute durante casi tres horas en una sala de cine. Pero, como sucede con las mejores propuestas de entretenimiento, detrás de esa aparente facilidad se esconde una complejidad considerable. Hacer que una película de estas dimensiones conserve su energía, su sentido del humor y su capacidad para sorprender no es una tarea al alcance de cualquiera. Por eso, Hope reivindica algo que a veces olvidamos cuando hablamos de cine: la experiencia compartida de una sala oscura, con sus sobresaltos, sus risas, sus silencios y esa sensación de no saber muy bien qué va a suceder a continuación. Hay películas que se disfrutan en casa; otras parecen reclamar una pantalla grande y un público dispuesto a dejarse llevar. Esta pertenece, sin duda, a la segunda categoría.
En la entrevista que le realicé a Na Hong-jin en el Festival de Sitges, al terminar nuestra conversación, le hice una última pregunta:
—¿No será capaz de esperar diez años para rodar otra película?
Espero que me haga caso.
Una crítica de Enrique Garcelán (CineAsia)