Nosolocine: Entrevista a Daniel Aguilar, autor del libro “Japón Sobrenatural”

Sobre “Japón Sobrenatural” y lo que os cuento en la reseña previa, hemos tenido la oportunidad de charlar con su autor, Daniel Aguilar, quien nos envía sus susurros sobrenaturales, gracias a la magia de Internet, desde la otra orilla del mundo.

Jesús Palacios: ¿Cómo y cuándo surge la idea de “Japón Sobrenatural”?

Daniel Aguilar: Bueno, la idea ha pasado por muchas fases. Nació en el verano de 2007 cuando leí el libreto de kabuki de la obra “Tokaido Yotsuya Kaidan” (“La Historia Sobrenatural de Yotsuya”), que me fascinó y que iba traduciendo a ratos libres con caras a una posible edición. Luego vi que, publicado así tal cual, iba a necesitar infinidad de notas a pie de página, por lo que estaría bien acompañarlo de un análisis de las diferentes versiones que la obra ha tenido y de los antecedentes culturales en que se apoya. A finales de 2010 empecé a darle ya su estructura actual y a intentar moverlo por editoriales pero, con el desastre que sufrió Japón en Marzo de 2011, ya sentí una necesidad apremiante de terminarlo y verlo publicado cuanto antes. Por si las moscas, como quien dice…

Jesús Palacios: En algunos aspectos es un libro muy diferente a “Cine Fantástico y de Terror Japonés”…

Daniel Aguilar: Sí, el libro para San Sebastián, escrito junto a mi hermano Carlos y a un amigo japonés que aquí homenajeo, era un compendio muy amplio nacido de las circunstancias del ciclo de cine al que de alguna manera acompañaba. Apenas había espacio para hablar más que de cine y era más que nada un armazón para que el interesado profundizase por su cuenta en las partes que más le interesaran. Como nadie recogió la toalla en el terror, lo he hecho yo mismo, pero no me apetecía hablar sólo de cine, sino de cultura sobrenatural en general, y de ahí esa estructura y enfoque tan inusuales que tiene este Susurros de la otra Orilla.

J.P.: Lo que más sorprende es tu aproximación tan personal al tema, ¿es producto de tus propias vivencias de años dentro de la sociedad japonesa?

D.A.: Me apetecía hacer una cosa muy, muy personal, cierto. La vida en Japón durante más de dos décadas me ha marcado mucho, pero no basta con estar, sino que debes tener  interés por aprender de lo que te rodea, cosa que no hacen muchos occidentales afincados aquí, que por no aprender ni siquiera aprenden el idioma, así pasen treinta años en el país. Por otra parte, me gustan mucho esos libros de viajes de finales del siglo XIX o primeros del XX escritos por gente como Rudyard Kipling, Pierre Loti o el propio Lafcadio Hearn y me ilusionaba recuperar un poco ese estilo. Creo que le da al lector una visión más romántica del tema, que puede resultar más amena que la crítica objetiva y aséptica.

J.P.: ¿Es muy diferente la concepción de lo sobrenatural en la cultura nipona a la occidental?

D.A.: Te voy a poner un ejemplo muy fácil de entender. Si tú llevas mucho tiempo viviendo en Japón y oyes ruidos en una casa que se supone deshabitada, lo primero que piensas instintivamente es que hay fantasmas; y mucho después, pero que mucho, que se han metido okupas. En España es justo lo contrario. Pero dentro del concepto en sí de lo sobrenatural, para mí la relación con el punto de vista religioso es inseparable. Por tanto, las diferencias del Cristianismo con el Budismo o el Sintoísmo marcan también la diferencia en la visión de lo sobrenatural. En el caso de los espíritus, porque se trata de la visión del mundo más allá de la muerte (inseparable de todo credo religioso), y en el de los yokai o trasgos porque en la mayoría de los casos tuvieron su presentación como seres malignos que se batían en retirada ante las hazañas de los monjes budistas.

J.P.: Diferencias a menudo no solo entre lo sobrenatural y el terror o el misterio, que no son siempre lo mismo, sino también respecto al Ocultismo o aquellas obras que utilizan explicaciones de índole parapsicológica o esotérica, lo que sorprende un poco más. ¿Cuál es el criterio exacto que define lo “sobrenatural” para ti?

D.A.: Lo sobrenatural, para mí, es aquello que escapa a las facultades humanas. La parapsicología, la magia o el ocultismo, independientemente de que se crea en ello o no, o de todo lo fantasioso que se nos presente en su correspondiente adaptación, parten de la base de que una persona viva, mediante el entrenamiento necesario en la dirección correcta o por haber nacido con otras cualidades, puede acceder a dicho conocimiento o a dichos poderes; la base, por tanto, no deja de ser un tipo de racionalismo. Pero uno no puede convertirse a su gusto en fantasma o en yokai. Ese es el criterio que utilizo a la hora de definir qué entra dentro de lo sobrenatural y qué no.

J.P.: Para mí, la parte más fascinante del libro es la prolija descripción de la tradición del teatro kabuki sobrenatural. ¿Cómo llegaste hasta él?

D.A.: La llave me la dio un libro de otro amigo japonés, Toshiyuki Izumi, escrito hará una docena de años y que cito en la bibliografía. Pero eso fue solo el señuelo, el anzuelo. A partir de ahí comencé a leer libretos de kabuki y críticas de las representaciones de la buena época. Y, nuevamente, quedé fascinado al descubrir un mundo del que en Occidente poco o nada se hablaba, porque desapareció antes de que Japón comenzase a ponerse de moda con las Olimpiadas de 1964. En cierto modo, limitándonos sólo al género de terror, era el equivalente  a la casa de los horrores de las ferias occidentales. Ese es el tipo de espectáculos que debieron mover a Lafcadio Hearn a escribir su obra.

J.P.: ¿Puede un occidental penetrar los misterios del kabuki?

D.A.: Hombre, tanto para un occidental como para un japonés, creo que es imprescindible leer antes el libreto de la obra, porque tú sientas a un japonés de hoy a ver kabuki y la mitad se le escapará. Ahora reparten auriculares que traducen el japonés clásico al japonés actual, y también al inglés, pero aun así, si no sabes con antelación un poco de qué va la obra, te dormirás a mitad de la función sin ninguna duda. En el momento en que se escribieron, el público ya poseía un conocimiento a priori de muchas cosas, que hoy nos falta. Las representaciones de ahora, con todo, son más fáciles de entender que las de hace dos siglos, y el diseño artístico sigue siendo una maravilla.

J.P.: ¿Y los de la cultura sobrenatural nipona?

D.A.: Bueno, es un poco lo mismo, tienes que tener una base, porque si partes de cero, malinterpretas muchas cosas. Pero poniendo interés en adquirir una formación previa, sí puede ser accesible para un occidental. Yo mismo, no creo ser japonés.

J.P.: ¿Cómo crees que ven los japoneses de hoy su propia tradición sobrenatural?

D.A.: Hay de todo. Los japoneses se han occidentalizado mucho, pero en muchos casos sólo en el día a día, en los aspectos superficiales. Ante una dificultad extrema, aflora la cultura primigenia y se comportan como lo hacían sus ancestros. Si tú les preguntas, te contestarán con respuestas ambiguas, pero a la hora de la verdad su comportamiento dice más que sus palabras.

J.P.: Volviendo al kabuki, ¿no es extraño que las principales manifestaciones de lo sobrenatural en la cultura japonesa sean más propias del teatro que, como en Occidente, de la novela?

D.A.: Debe ser porque la novela en Japón empezó muy tarde, y en la mayoría de los casos debido a la influencia occidental, a partir de mediados del siglo XIX, influencia que, además, era racionalista. El teatro, en cambio, ya estaba plenamente establecido desde varios siglos atrás. Realmente hay que esperar al último tercio del siglo XX para tener un volumen apreciable de novela de terror japonesa.

J.P.: El libro incluye tu propia versión y traducción del clásico kabuki “La Historia Sobrenatural de Yotsuya”. ¿Fue muy difícil traducirla al castellano?

D.A.: La traducción fue difícil, porque se trata de un libreto donde todo son diálogos e indicaciones sobre escenario, música e iluminación. Por tanto, hube de novelizarlo para evitar que fuera farragoso, pero sin eliminar ningún motivo decisivo y procurando a la vez incluir las explicaciones suficientes para seguir la trama. Es una de las partes del libro que más tiempo me llevaron y, de hecho, fue la primera que empecé.

J.P.: La obra de Namboku me ha parecido absolutamente fascinante, con su mezcla de fantasmas, intrigas políticas, venganzas, crímenes, sangre, escenas grotescas y luchas… ¿No existe un curioso paralelismo entre esta obra y otras del repertorio kabuki, y el teatro isabelino de Shakespeare, Marlowe o Webster? Al leerla no podía dejar de pensar en “Macbeth”, “Hamlet” o “La Duquesa de Malfi”… Me parecía entender mucho mejor la fascinación de Kurosawa por Shakespeare y, sobre todo, su “Trono de Sangre”.

D.A.: Sí, es un libreto estupendo. Una de las cosas que he intentado, aunque tengo que reconocer que no he podido profundizar mucho en ello por no alargar todavía más el trabajo de investigación, es mostrar paralelismos entre manifestaciones culturales japonesas y occidentales. No hay manera de comprobar si los autores japoneses conocían las obras de Shakespeare, puesto que además Japón se hallaba cerrado al extranjero, pero la gente de la antigüedad (y sobre todo los textos) se movía mucho más de lo que pensamos. Conocí a músicos japoneses que en los años treinta del pasado siglo se comunicaban con músicos españoles con cartas escritas a base de diccionario y que tardaban tres meses en llegar. ¿Quién sabe si pudo haber influencias en tiempos mucho más antiguos?

J.P.: ¿Podría decirse que la función en el género que desempeñó en Occidente la novela gótica del XVIII y XIX la cumplió en Japón el kabuki sobrenatural?

D.A.: Sí, totalmente. La perspectiva es muy distinta por la diferencia de credo religioso que comentábamos antes, pero desde el punto de vista de afición del público por la temática sobrenatural, sí que puede ser un equivalente.

J.P.: Igualmente alucinante es el papel de la ilustración, la pintura y las artes gráficas, sobre todo del ukiyo-e, en el género, y su influencia en el cine y el manga. ¿No es también algo muy diferente a lo ocurrido en Occidente, donde lo fantástico en el arte parece depender más de lo literario que a la inversa?

D.A.: Sí, creo que es un poco por lo mismo, esa tardía aparición de la novela. En Japón, como sucede con los relatos ilustrados que se dibujaban en rollos, o las artes escénicas, la imagen tomó la delantera a la prosa. La cultura es más visual que descriptiva, y el propio sistema de escritura lo delata, pues se trata de símbolos en lugar de letras.

J.P.: ¿Cómo se toman los japoneses que un occidental investigue, pregunte y escriba sobre su cultura y, concretamente, sobre lo sobrenatural? ¿Te toman un poco como un “chiflado”?

D.A.: Como chiflado no, más bien me toman como una rara avis o como alguien más japonés que español. Les parece algo muy curioso y te alientan mucho, todos intentan poner su granito de arena. Incluso aquellos a los que no les interesa mucho el tema, te comentan cosas que creen que pueden servirte, y de ahí que cite a muchas personas en los agradecimientos.

J.P.: Describes la cultura sobrenatural nipona como muy ligada a sus creencias religiosas, ¿es esta la gran diferencia con el género occidental?

D.A.: Sí pero no. En la cultura sobrenatural occidental siempre asoma la sombra del Cristianismo, aunque sea para renegar de él, unas veces cumpliendo la función de contraste con el horror u otras formando parte de él. No tienes más que ver todas esas películas como El Exorcista o La Profecía, pero también la imaginería religiosa en torno a Drácula o el hombre-lobo. Al final, el punto común es la preocupación sobre si hay o no algo tras la muerte.

J.P.: Muchos realizadores de J-Horror a los que he tenido ocasión de entrevistar -Shimizu, Tsukamoto, Miike- insisten en que su cine de fantasmas da más miedo porque, a diferencia del de Hollywood, se toma más “en serio” lo sobrenatural. Porque los japoneses siguen creyendo en la presencia real de los espíritus de los fallecidos en nuestro mundo. ¿Hasta qué punto es esto así hoy?

D.A.: Como te decía, los japoneses han cambiado solo en su aspecto más superficial. Un japonés te puede confesar o no que cree en los fantasmas, pero a la hora de acudir a un funeral budista rezará como el que más, y pondrá flores y una botellita de sake o una lata de café en la tumba de sus padres muertos. ¿Qué sentido tiene esto si no crees en un tipo de comunicación con los espíritus?

J.P.: Sin embargo, Koji Suzuki, el autor de la novela de “Ringu” y otras obras del género, afirma ser totalmente materialista y no creer en fantasmas.

D.A.: A eso voy en la última parte del libro. Por eso sus obras son las que más se han adaptado en el cine occidental. Su perspectiva, aunque en las formas lo parezca, no es japonesa.

J.P.: A pesar de ello, ¿no es curioso que películas como The Ring, Dark Water o Inugami, por citar algunas, mantengan determinados elementos de la tradición sobrenatural japonesa milenaria dentro de sus narrativas? El fantasma en el pozo, sus motivos vengadores, los espíritus tutelares, la maldición hereditaria…

D.A.: Sí, mantienen las formas, pero casi de manera turística, para presentar “exotismo japonés”. En el fondo, su tratamiento delata que no ven la temática de la misma manera en que la veían sus antecesores. A muchos de ellos les gustan aquellas películas antiguas y por eso quieren rodar ese tipo de temáticas a su manera, pero, de alguna manera, parece como si les diera vergüenza ir hasta el final, con todas sus consecuencias.

J.P.: Una de las cosas que desespera al lector del libro es la imposibilidad de ver no solo aquellas películas mudas anteriores a la Guerra del Pacífico, sino muchos clásicos que citas, que no han sido distribuidos en Occidente. ¿Por qué crees que, a pesar de la ola de interés por el cine oriental, siguen sin llegarnos tantos clásicos fantásticos de los años 50, 60 y 70?

D.A.: Hay causas de todo tipo. La desaparición de muchas de las películas de preguerra por todo tipo de circunstancias (desidia, desastres naturales, guerra, censura, etc.) es un motivo claro, pero, como dices, eso no justifica el caso de las películas posteriores a 1950. Aquí hay que pensar por una parte en el desconocimiento que las distribuidoras occidentales tienen de ello, por otra, en la falta de interés de los distribuidores japoneses (que por lo general se conforman con el mercado interno y son perezosos hasta para hacer muestras subtituladas), y por otra en la obsesión actual por lo nuevo en aquellos que manejan el dinero destinado a actividades culturales (que son los que menos entienden de cultura). Alguna vez he intentado presentar cosas en este sentido, tanto en España de cine japonés como en Japón de cine español y la respuesta unánime ha sido: “no, hombre, que eso son películas muy antiguas”. No veo que cuando se hace una exposición de El Greco, alguien la rechace por ser muy antigua, pero el mundo que nos están fabricando tiene esas incongruencias. Espero que mi libro ayude a que alguna distribuidora de DVD en España se anime a lanzar cosas…

J.P.: En el género sobrenatural nipón abunda la repetición de las mismas historias y modelos argumentales, una y otra vez, con leves variaciones de estilo, narración o tono, según época y autor. ¿Cómo explicas este fenómeno? ¿En qué se diferencia de, por ejemplo, la plaga del remake hollywoodiense? ¿Se podría aplicar o explicaría también porque el J-Horror, a partir de “Ringu”, vuelve una y otra vez a las mismas fórmulas, historias y personajes?

D.A.: Creo que en cierto modo es una tradición, heredada de las reuniones para componer poesía en palacio de la antigüedad o del espectáculo teatral. Al japonés le importan más los intérpretes que la historia, por lo que incluso le es más cómodo que la historia sea ya conocida, porque así se puede centrar en disfrutar de la interpretación sin necesidad de esforzarse por retener la trama. En el caso del remake hollywoodiense tiene más relación con la repetición sistemática de una fórmula que ya se sabe que funciona y lo mismo sucede con el J-Horror, que no es tanto la estructura del remake como la del filón.

J.P.: ¿Cuál es la película sobrenatural japonesa que no hemos visto en Occidente y sería indispensable que lo hiciéramos?

D.A.: Tokaido Yotsuya Kaidan” (“La Historia Sobrenatural de Yotsuya, en el Camino de Tokai”, 1959) y “Jigoku” (“Infierno”, 1960) de Nobuo Nakagawa, desde luego, pero en general todo el terror de la productora Shintoho, entre 1957 y 1960. Luego, películas de fantasmas y yokai de la productora Daiei, entre 1968 y 1969 y, como ejemplo de cine de preguerra, “Kaibyo Nazo no Shamisen” (“El Misterioso Shamisen del Gato Fantasma”, 1938) de Kiyohiko Ushihara, bellamente surrealista.

J.P.: ¿Crees que los occidentales tenemos derecho a escribir acerca del cine y la cultura de un lugar tan diferente? ¿O deberíamos, como mínimo, pasar una buena temporada por allí para poder hacerlo con algo de autoridad?

D.A.: Bueno, derecho, derecho, no veo por qué no, insisto en que yo soy occidental. Quizá tampoco sea imprescindible pasar una buena temporada aquí, pero sí recomendable. Lo que pasa es que es preferible que escriba sobre Japón alguien con una sólida cultura que no haya pisado el país, a que lo haga un merluzo que lleva aquí treinta años. Al final, todo es cuestión de la forma en que te has molestado en contrastar lo que escribes. Hay mucho bloguero que solo por haber pasado un año en Japón va de listillo.

J.P.: ¿Es posible, por otro lado, que la condición de gaijin nos permita ver y entender algunas cosas de su cultura que, a ellos mismos, por su proximidad, les es imposible apreciar?

D.A.: En algunos detalles sueltos, sí, porque te permite apreciar sobre todo, paralelismos o contraposiciones con lo occidental que un japonés desconoce. Pero hay que ir con pies de plomo, porque en otras ocasiones puede tratarse simplemente de una interpretación equivocada.

J.P.: Has trabajado también como actor en algunas películas de los últimos años, por ejemplo, con Tomoo Haraguchi y Kazuyoshi Kumakiri… ¿Cómo se ve el ruedo desde el otro lado de la barrera?

D.A.: Lo más difícil es perder el miedo. Es conveniente ir antes de tiempo al rodaje, estar deambulando por allí, hablando con la gente, haciéndote un poco al ambiente, etc. Yo empiezo a conseguirlo ahora, aunque cuesta mucho. Pero lo mejor es la vitalidad y el compañerismo que desprende el ambiente. Ver gente de todas las edades arrimando el hombro con muy buen rollo entre ellos, aunque a veces las jornadas sean de veinte horas diarias (no exagero, que aquí en los rodajes no hay nada parecido a los sindicatos yanquis), y la ilusión que tiene todo el mundo de estar poniendo su granito de arena para el resultado final. Participar en un rodaje en Japón, aunque sea para salir de extra cinco segundos, supone rejuvenecer cinco años en un día. Inolvidable.

J.P.: También dejas caer, como quien no quiere la cosa, que tú mismo has tenido alguna experiencia poco menos que sobrenatural, ¿puedes contarla?

D.A.: Ha habido varias cositas sueltas. Quizá lo más parecido a una experiencia sobrenatural más difícil de poner en duda me sucedió en un ryokan (hotel de estilo japonés), en la isla de Hokkaido. Por la noche, medio en sueños, me pareció oír voces de un matrimonio anciano discutiendo. De pronto, como con un chispazo, se encendió la televisión, pero en vez de aparecer imágenes, solo salía como una luz morada, mientras las voces seguían. Intenté moverme para apagar la televisión, pero no podía levantarme, era como si alguien estuviera sentado encima de mí. Pasado un rato quedé profundamente dormido. Al día siguiente pregunté en recepción, pero me dijeron que nadie se alojaba en las habitaciones contiguas. Podría pensarse que fue solo un sueño, pero es que al lado tenía a mi mujer, que experimentó lo mismo. Dos o tres años más tarde, pensé alojarme en el mismo lugar, y cuando eché un ojo en Internet, había varios comentarios de gente del tipo de “yo ahí no vuelvo, que aparecen fantasmas”, así que mi mujer también dijo que no volvería allí por nada del mundo. Que cada uno piense lo que quiera.

J.P.: Para finalizar, ¿qué puedes decirnos del estado actual del cine fantástico japonés y su futuro inmediato? ¿Y de tus nuevos proyectos?

D.A.: El estado del cine fantástico japonés actual es patético, pero es que así es el del cine en general, japonés o no, fantástico o no. Futuro le veo poco, porque ahora se apoya en nuestra generación, la nacida en los años sesenta, y dentro de diez o doce años será muy difícil convencer a ningún productor para que arriesgue un dinero en estas cosas que nos gustan. Pero nunca se sabe, el mundo da muchas vueltas. Proyectos míos inmediatos de momento son traducciones de textos japoneses, pero también tengo una novela empezada y varias ideas para un guión de cine. Todo dependerá de los trabajos que me salgan o no entremedias.

“JAPÓN SOBRENATURAL”. Daniel Aguilar. Satori Ediciones. Gijón, 2013. 416 págs. PVP: 26 €.

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