Chambara: ¡Viva la muerte!

Dicen que Akira Kurosawa era un samurai. Un bushi obsoleto que rumiaba su anacronismo ejercitándose en las artes del kendo. Su padre, oficial de la Academia Imperial de Toyama y maestro de artes marciales, asistió al ocaso del mito y al lacerante anacronismo de una disciplina moribunda que sucumbió antes que sus devotos practicantes. Akira Kurosawa no fue un cronista de folclores, ni juglar de exuberantes gestas de los viejos tiempos, no fue un museólogo del cine. Fue vástago de un samurai desfasado. El maestro no idolatraba las flores de una épica olvidada, ni la erótica de una filosofía espasmódica del honor, bien al contrario, era depositario directo de un legado cultural moribundo que aún vivía las convulsiones postreras de su particular rigor mortis.

El Japón intelectual del Siglo XIX y XX está lleno de “Mishimas”, de toda una “resistencia” silenciosa y emocional al declive de unas coordenadas culturales que entendían que el seppuku, la katana y el kendo eran atributos morales de un legado irrenunciable. Por ese motivo el cine de samuráis  (chambara) descansa en cimientos tan inquebrantables, por eso goza de un vigor formal, pero sobre todo “espiritual” tan definido, tan enérgico, por eso el cine de samuráis es más una idiosincrasia que un género. Para entendernos, el chambara no es comparable al wuxia chino, o a la épica caballeresca europea; una cosa es la historia y otra la conciencia colectiva, y el cine de samuráis más que un cine de evocación historicista, que también, y más allá de sus presupuestos meramente lúdicos, es el estertor de una cultura revelándose contra su ocaso a través de un lenguaje de masas y desde la perspectiva de una intelectualidad descoyuntada entre los escombros de un imperio en ruinas.

El onomatopéyico y evocador término chambara (que emula el sonido provocado por dos katanas al chocar) es una escisión de un género matriz, el jidai-geki, que engloba cintas de toda índole cuya cronología queda adscrita a los límites del Japón Tokugawa (1600-1868) o anterior. La inmensa mayoría de ejemplos de chambara transcurren en dicho período por estar contenido en este arco temporal el cenit de la cultura del bushido y los indicios de su decadencia. Los albores del género descansan en la prehistoria de la industria nipona y en una espantosa teatralidad que definía una plástica del movimiento impostada y coreográfica. Las primeras películas de o con samuráis tendían a ejercer de sesiones filmadas de kabuki, compulsión ésta que determinará la filosofía del movimiento escénico en el chambara “moderno”, incapaz consciente o inconscientemente de sacudirse sus primigenias influencias. El progresivo empeño de naturalización, en pos de un jidai-geki menos ritualizado y explícitamente violento adquiere carta de naturaleza con el trabajo de dos cineastas de raza como Mansaku Itami y particularmente Sadao Yamanaka, “padre” del chambara moderno. Yamanaka elevó el listón sacudiendo estereotipos, y profundizando en la vertiente nihilista del guerrero con un cine denso, minimalista que, a pesar de proponer potentes coreografías de combate, y sentar las bases “físicas” del género en la memorable Humanidad y Globos de Papel (1937), bebía directamente del minimalismo de Ozu.

Los primeros años cuarenta fluyen bajo la enseña del intervencionismo estatal. El cine estaba al servicio de un desaforado nacionalismo contagioso. Los grandes autores ejercen de esbirros de la industria. Muchos directores se negaron a pasar por el aro, pero otros no tuvieron escape. Fue el caso de Kenji Mizoguchi, reconocido maestro del gendai-geki introspectivo, que firmó entre 1941 y 1942 una cinta mercenaria, Los 47 Ronin, batacazo comercial en toda regla. Fue la única incursión colateral del maestro en el cine de samuráis, pero dista de ser un chambara porque a pesar de desmenuzar el mítico episodio de la venganza de los samuráis de Akó, resolvía las secuencias de acción con estilizadas y decepcionantes elipsis. Mizoguchi cultivó con maestría inimitable el cine de época, pero los samuráis apenas aparecen como elementos decorativos en su cine. Después dela II Guerra Mundial la industria quedó secuestrada por las autoridades dela Ocupación. El chambara quedó proscrito porque era un exaltador potencial de los furores nacionalistas.

En 1952 finaliza la ocupación y el chambara explota literalmente convirtiéndose en el género identitario de la isla. El bushido deviene en columna vertebral de algunas de las mejores cintas niponas de todos los tiempos. Dos fechas clave y dos nombres que definen el bombazo mediático internacional del cine de samuráis: en 1951 Japón abre una puerta en Occidente que ya no se cerraría. Kurosawa presenta Rashomon a competición en Venecia y se lleva el León de Oro, si bien no es un filme de samuráis, sí es un jidai-geki dinámico y con espadas, y uno de los vértices del trío protagonista, Masayuki Mori es un bushi. Una segunda “puerta” se abre en 1954 con el éxito el Oscar a la Mejor Película extranjera de La Puerta del Infierno de Teinosuke Kinugasa, un “chambara romántico” que desata la fiebre bushido. El mundo cae rendido víctima del denominado “efecto kimono”.  Akira Kurosawa se revela como el indiscutible maestro del cine de samuráis con el monumental éxito de Los Siete Samuráis (1954), que más allá de las convenciones consustanciales al género vuela libre como una de las grandes obras maestras del cine universal. Una cinta reflexiva que trasciende con holgura las fronteras del cliché y que propone una perspectiva insólita de la violencia, contemplativa y atroz, bajo torrentes de lluvia, con ralentís que enfatizan la barbarie y desmitifican la mística del sable. Un chambara revolucionario que da el pistoletazo de salida a un fenómeno imparable. Kurosawa se confirma como maestro indiscutible del género por la hondura y la lucidez conceptual y formal de sus propuestas: Trono de Sangre (1957), La Fortaleza Escondida (1958), y muy especialmente el díptico que conforman Yojimbo (1961), acaso el chambara más frívolo y delicioso del maestro, y Sanjuro (1962), que desmenuzan con aires de chanza las desventuras del infalible Tsubaki Sanjuro, interpretado por el samurai cinematográfico por antonomasia, Toshiro Mifune. Kurosawa delimita las constantes estilísticas del género, aunque sin duda llegó donde nadie jamás antes ni después podría, filmando obras maestras atemporales sin parangón en la historia del cine de samuráis. Al calor del éxito de Kurosawa triunfan otros visitantes asiduos del género aprovechando la predisposición industrial. Hiroshi Inagaki firma sus cuatro obras magnas con la trilogía Samurai (1954, 1955), una libérrima visión de las aventuras de un samurai histórico, Miyamoto Musashi (nuevamente interpretado por Toshiro Mifune), que constituye el ejemplo de chambara más vigoroso de los 50 al margen de Kurosawa. Su otra gran contribución fue una nueva versión de Los 47 Ronin (1962), mucho más física y representativa que la de Mizoguchi donde puso de manifiesto su destreza para manejar espacios de introspección y dinámicas secuencias de combate.

En los sesenta el boom no ha tocado fondo aunque comienza a mostrar los primeros síntomas de deceleración. Masaki Kobayashi y Kihachi Okamoto siguen la estela de Kurosawa e Inagaki con Harakiri (1962) y El Asesino del Samurai (1965), dos magistrales incursiones en las redundancias del chambara, que mantuvieron viva la llama, aunque imbuidas de desencanto crepuscular.  Son los años de “vulgarización” del género al calor de los interminables ciclos que sentaron las bases más frívolas del chambara, generando una suerte de serie B, una contracultura de la katana y el wakizashi deliberadamente comercial, sin pretensiones metafísicas, y que multiplica por diez los flujos sanguíneos y los miembros cercenados, incidiendo en el arquetipo del héroe invencible capaz de hacer frente a hordas de oponentes sin inmutarse. Es la estela de Yojimbo la que persiguen series como Zatoichi, el samurai ciego interpretado por Katsu Shintaro. Jugador empedernido, trotamundos de manual, impartió justicia a lo largo de más de veinticinco largos, auténticas lecciones de eclecticismo genérico. Particularmente delirante es la serie Lone Wolf and Cub que sigue las andanzas de un ronin, carrito en mano, y bebé a cuestas. Seis películas dominadas por una incondicional militancia genérica y con un aire bizarro y comercial descarado que subliman la metamorfosis del género. La plástica de los combates es de un barroquismo fascinante y una linealidad decididamente efectista. Podría decirse que esta fase del chambara es algo así como el spaghetti western nipón en versión episódica.

El género entró entonces en una espiral de frivolización casquería y héroes solitarios y meditabundos alejándose en el advenimiento del crepúsculo como colofón a sus peripecias. La seducción occidental ya había caducado y el chambara devino género menor localista y sectario. Sólo los postreros zarpazos de genio devolvieron al cine de samuráis a ámbitos de arte y ensayo. Fueron Kagemusha (1980) y Ran (1985), dos melancólicas visitas al universo crepuscular y decadente del bushido a cargo de Akira Kurosawa, dos dramas de raigambre shakespeariana imponentes, visualmente potentes, faraónicas reflexiones sobre el poder y sus satélites, coloristas y oscuras a la vez, poliédricas y magistrales. Canto del cisne del maestro que se llevó consigo a la tumba las esencias de un género inmortal que definió la idiosincrasia del cine nipón desde su misma génesis y que condenado al rincón del localismo o el frikismo renace ahora cual ave fénix de sus cenizas.

Antología del chambara clásico

Los Siete Samuráis (Akira Kurosawa, 1954)

Sin duda el mejor chambara de siempre. Kurosawa reelaboró los códigos y lenguajes del género desde el desencanto de siete ronin errabundos que protegían una aldea campesina de los bandidos. Takashi Shimura y Toshiro Mifune defendían su anacrónica dignidad, mientras el maestro proponía una mirada sucia y desmitificadora del bushido.

Samurai (Hiroshi Ingaki, 1954)

Lejos de las honduras psicológicas de los chambaras de Kurosawa, Inagaki apostó por coordenadas de clasicismo para reinterpretar, nuevamente, las andanzas del histórico Musashi Minamoto (nuevamente Toshiro Mifune). Tres películas que perfilaron un arquetipo más intrascendente, en la estela de un cine de aventuras de corte universal.

Yojimbo/Sanjuro (Akira Kurosawa, 1961)

Mifune alimentó su leyenda en la piel de Tsubaki Sanjuro, ronin trotamundos, en un díptico que se alimentaba de referencias del western más insustancial. Kurosawa encontró el equilibrio perfecto entre parodia y coreografías exacerbadas de combate. Un magistral capricho que definió la impronta nihilista del samurai tipo en incursiones posteriores.

Los 47 Ronin(Hiroshi Inagaki, 1962)

Probablemente la mejor versión de la venganza de los 47 samuráis de Akó acaudillados por Ooishi Kuranosuke. Inagaki logró el equilibrio perfecto entre un drama de corte histórico y una cinta de espectacular factura cuyo hito es el memorable asalto final a la mansión de Kira. Un mito arraigado como pocos en el inconsciente colectivo nipón.

Harakiri (Masaki Kobayashi, 1962)

Kobayashi sublimó las cadencias crepusculares en esta joya del cine de samuráis sesentero. Lejos de complacencias o concesiones, Harakiri es uno de los chambaras más trágicos y desoladores de la historia. Tatsuya Nakadai es un ronin descarriado que sólo piensa en el suicidio ritual, hasta que cae inmerso en una espiral de venganza.

Los Últimos Samurais

Corren tiempos difíciles para los samuráis. La sociedad moderna ha enterrado los valores y patrones del honor que imperaban en el bushido de la antigua Edo. Tecnologías visuales y artificios de luz y sonido sustituyen los afilados sables en las pantallas panorámicas. Sin embargo, el guerrero sigue en pie, usando su espada cuando la situación lo requiere, aunque ya nada sea lo que era.

Durante la década de los ochenta, el chambara agoniza discretamente en el cine japonés. En la era de los efectos especiales languidece sucumbiendo al poder de la cinefagia popular: incluso Kinji Fukasaku, antaño forjador de guerreros imbatibles, crea delirios trash como Sure Death/Hissatsu 4 (Samuráis, 1987), o La Leyenda de los 8 Samuráis (1983), más cerca del espíritu de Roger Corman que del Mifune de Yojimbo. Kagemusha (1980) y Ran (1985) constituyen el canto del cisne de Kurosawa con el género e incluso Kagetora, la Sombra del Guerrero (1990), ambiciosa producción del megalómano clan Kadokawa se hunde sin remisión en la taquilla. El film Time Slip/Eclipse en el Tiempo (Kosei Sato, 1980), aparecería como una profética metáfora, con un ejército de mil samuráis sucumbiendo frente a unos soldaditos sin escrúpulos que los exterminan con utilería balística de última generación. El poder del guerrero se extingue.

En los años noventa, la crisis de valores y visiones demanda referentes y se empieza a recurrir a los clásicos. Makai Tensho, la obra maestra de Kinji Fukasaku del 81 sería objeto de diversas readaptaciones, primero de la mano de Masakazu Shirai y su binomio Reborn from Hell: Samurai Armaggeddon y Reborn from Hell 2: Jubei’s Revenge, ambas del 99. Pura explotación de sexo y violencia que conocería una visión, no más fiel, pero al menos, si más espectacular y adaptada a los tiempos que corren: Samurai Reincarnation, de Hideyuki Hirayama (2003). Zipang, de Kaizo Hayashi (1990), y sobre todo las odiseas épico-fantásticas de Keita Amemiya, Warlord/Mirai Ninja (1988) y Makaraga/Moon over Tao (1997) conformarían un retablo de epicismo sensacionalista con bases correctas pero continuista con la dinámica fabulística tan del agrado del consumidor nipón.

Con Samurai Fiction (1998) llega el cambio. La irreverencia se convierte en homenaje. El universo remite a los clásicos en blanco y negro. De hecho, el film se rueda en glorioso monocromo. Los  mejores hallazgos del film de Hideyuki Nakano serían luego reencontrados en el Zatoichi (2003) de Takeshi Kitano, remedo de la serie del espadachín ciego que hace las suertes de homenaje. Otro más. Los clásicos se reeditan, se respetan. La gente los busca y los disfruta. Regresan a las pantallas: Tange Sazen (2003), el samurai tuerto reaparece de un modo entrañable, sin grandes sobresaltos, al igual que lo hizo Red Shadow unos años atrás. Los niños y los nostálgicos quedaron encantados con la película. Los cinéfilos no tanto.  Otros guerreros clásicos reencontrados en las multisalas y filmotecas foráneas fueron Musashi Miyamoto (Ganryujima), Izo Okada (Izo), y, rizando el rizo, Hattori el Ninja en Nin x Nin.

El samurai está desconcertado. Los vientos que traen de regreso las katanas, sables, harakiris y los guerreros imbatibles soplan de América. Tom Cruise se hace samurai y salva al Japón feudal en El Último Samurai (Edward Zwick, 2003). En Kill Bill, el loco bodegón asian-pop de Tarantino, regresa Hattori Hanzo, mítico icono de numerosas películas y series de televisión pero quien reparte es Uma Thurman. El ocaso del Imperio del Sol pudiera haber llegado. Pero con él también llegan los mejores chambaras de los últimos años: Twilight Samurai, The Hidden Blade, When the Last Sword is Drawn, Tange Sazen

Aún no es el momento del seppuku. Seguiremos luchando y correrán ríos de sangre.

Antología de los Últimos Chambaras

Samurai Fiction (Hiroyuki Nakano, 1998)

A Nakano le hubiera gustado ser Kurosawa. Por eso filma su chambara en blanco y negro y usa todos sus recursos miméticos en recrear los tics de su admirado maestro. Pero a Nakano le puede su juventud y rebeldía y escoge un reparto formado por ídolos y estrellas del rock que se mueven en combates coreografiados al ritmo de los riffs de la guitarra. Nuevas formas, pero el fondo es el mismo. El samurai bueno vence al mal. Suena la música. (Primer film de la serie SF, sería continuado por Stereo Future, desmitificadora comedia sobre una estrella del cine de samuráis).

El Ocaso del Samurai (Yoji Yamada, 2003)

Yamada sabe cómo hacer humanos a sus personajes, no en vano ha llevado consigo durante 40 años a Tora-San, el vagabundo desface-entuertos más adorable del planeta. El protagonista es samurai, pero ante todo persona. Su familia es lo primero, ha de cuidar de sus hijos y de su madre senil. Se enfrenta a sus enemigos, es fiel a su señor y hace jaulas de bambú para sacar adelante a la progenie. Una impresionante (e impresionista) entrada en el género, de preciosista acción y nostálgicamente arrebatadora. Un clásico moderno. (La película está basada en novelas de Shuuhei Fujisawa, y vería continuación en The Hidden Blade, también adaptación de una obra de Fujisawa, y Love and Honor.

When the Last Sword is Drawn (Yojiro Takita, 2003)

Amistad y lealtad de nuevo se enfrentan en la historia de dos samuráis. Uno, leal al shogunado, cree que el código del bushido está por encima de la propia vida. El otro, piensa que el camino del guerrero es simplemente el camino para llegar a fin de mes. Se vende al mejor postor porque los tiempos son difíciles y hay que sobrevivir. El imperio se desmorona. Corren los últimos días de Edo. Pese a todo, sus vidas discurren a través de un zigzagueante sendero paralelo. Hay rencor, pero también amistad. Aunque quizá ya sea demasiado tarde. (Una obra maestra del director de Onmyoji:The Ying Yang Master que acaparó multitud de premios de la Academia del Cine Japonés).

Zatoichi  (Takeshi Kitano, 2003)

El Zatoichi de Kitano no es el mismo Zatoichi de Shintaro Katsu. Sería imposible. Kitano no es Shintaro Katsu: es Beat Takeshi. Su samurai ciego está cargado de un sentido del humor inédito en la serie. Naturalista y naif al estilo de su obra pictórica. Al estilo de aquel verano de Kikujiro. Pero su samurai sigue siendo letal, algo muy útil dada su capacidad para meterse en problemas ajenos. Hipercoreográfica e imaginativa, su dadaísta escena final de tap dancing, nos confirma lo que suponíamos: Kitano es un cachondo. (Zatoichi ha sido uno de los mayores éxitos en la taquilla japonesa de Kitano, lo que ha provocado que ya se esté preparando una secuela.)

Tange Sazen: Hyakumanryou No Tsubo (Toyoshige Tsuda, 2004)

Sazen es el samurai amable. Tuerto y manco a causa de una emboscada, trabaja de guardaespaldas en un centro de recreo. Disfruta de la vida familiar, junto a un niño huérfano y a su mujer. Sazen ya no quiere problemas, pero los problemas le persiguen a él. Por suerte, nadie ha logrado vencerle desde que quedó mutilado. Las carencias acentúan los sentidos, dicen. La traducción del título es «La Vasijadel Millón de Ryo», un tesoro que no es más que un macguffin. El auténtico tesoro son los que rodean a Sazen. Eso no tiene precio. (La película es un remake de uno de los episodios más célebres de la serie clásica: Tange Sazen Yowa Hyakumanryou no Tsubo, de Sadao Yamanaka, 1935.)

Hara-Kiri: Muerte de un Samurai (Takasji Miike, 2011)

Con el fin de morir dignamente, Hanshiro, un samurai sin recursos, solicita llevar a cabo un suicidio ritual en la residencia del clan Li. Este intenta hacerle desistir de su idea contándole la trágica historia de un joven ronin, Motome, que poco tiempo atrás había llegado a ese lugar con las mismas intenciones. Una obra sólida, que respeta, complementa e incluso da valor añadido a uno de los grandes clásicos del género del chambara, Seppuku (Harakiri, 1962) de Masaki Kobayashi.

Artículo extraído del reportaje publicado en la revista CineAsia Vol.4: «Especial Samuráis».

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