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Resurrection: un viaje al mundo del cine en 160 minutos

27/04/2026

El cine de Bi Gan no se deja atrapar con facilidad. Nacido en Kaili en 1989 —el mismo año en que el país se estremecía con las protestas de la Plaza de Tiananmen—, su obra parece dialogar tanto con la historia como con el sueño. Heredero lejano de la llamada Sexta Generación del cine chino, Bi Gan encarna, sin embargo, algo distinto: una voz imposible de encasillar, ajena a etiquetas y corrientes. Como Antoni Gaudí en la arquitectura, su cine se comporta como un verso libre: intuitivo, espiritual, inclasificable.

En sus películas hay dos fuerzas que laten con claridad. La primera es el budismo —especialmente en su concepción del tiempo, no como línea, sino como círculo o ensoñación persistente—. La segunda es la poesía. El propio Bi Gan se ha definido alguna vez como un poeta frustrado o en proceso, y esa pulsión se percibe en cada plano: sus imágenes no buscan tanto narrar como sugerir, no tanto explicar cómo evocar. El resultado es un cine que se desliza más por el ritmo de lo poético que por la lógica de la narración clásica.

Ya en Kaili Blues, su debut, se intuía esta sensibilidad. La película funciona como una suerte de composición musical en la que los tiempos se superponen y el plano secuencia se convierte en herramienta para disolver la frontera entre pasado, presente y memoria. En Largo viaje hacia la noche, esa búsqueda se vuelve más ambiciosa: bajo la apariencia de un noir melancólico, Bi Gan construye una experiencia hipnótica, culminada por un plano secuencia final que desciende —literal y emocionalmente— a las profundidades de la tierra y del deseo.

Con Resurrection, presentada en el Festival de Cannes, el cineasta lleva su propuesta aún más lejos. Durante cerca de tres horas, despliega una especie de ópera cinematográfica que recorre un siglo de historia, donde las imágenes se encadenan como movimientos musicales y los personajes parecen guiados por una partitura invisible. Más que una película, es una experiencia sensorial.

Bi Gan no ofrece un mapa al espectador. Al contrario: abre con una declaración enigmática, casi un manifiesto: quienes dejan de soñar dejan también de sufrir, pero renuncian a algo esencial. Frente a ellos están los “Delirantes”, aquellos que continúan soñando y, al hacerlo, introducen el caos —y la vida— en la historia. Esa idea se convierte en el hilo secreto que atraviesa toda la obra.

El viaje comienza en 1895, con el nacimiento del cine. La actriz Shu Qi actúa como guía en este territorio primigenio, invitando al espectador a avanzar de la mano de ese Delirante que encarna el propio espíritu del cinematógrafo. A partir de ahí, la película se fragmenta en episodios, cada uno cargado de referencias, ecos y homenajes al arte del cine. Descubrirlos forma parte del juego: Bi Gan no quiere que le expliquen, sino que se experimente.

El telón cae en el umbral del nuevo milenio, en la nochevieja de 1999. Es ahí donde la película alcanza su clímax: un tramo final de una belleza hipnótica, teñido de rojos intensos, en el que dos almas se buscan y se encuentran en una especie de suspensión temporal. Son cincuenta minutos que desafían la lógica y apelan directamente a los sentidos, como si el director quisiera reconciliarse, finalmente, con esos soñadores obstinados.

Porque, en el fondo, Resurrection plantea una pregunta tan sencilla como radical: ¿qué sería del mundo si dejáramos de soñar?

Una crítica de Enrique Garcelán (CineAsia)

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