The Road (Filipinas, 2011)

Ficha Técnica: Año: 2011. País: Filipinas. Director: Yam Laranas. Duración: 110 mins. Género: thriller sobrenatural. Intérpretes: TJ Trinidad, Alden Richards, Renz Valerio, Carmina Villaroel, Marvin Augustin, Rhian Ramos

Puede que la nueva propuesta fantástica del filipino Yam Laranas sea difícil de asimilar desde el punto de vista argumental, pero resulta fascinante desde el punto de vista narrativo. Su manierista narración contrasta con su compleja trama de asesinatos, desapariciones fugaces y seres de ultratumba que alimentan los temores del espectador a lo largo de su dilatado metraje. Un relato pausado, contado a la inversa y cuyo twist climático se sitúa justo en la primera media hora, a diferencia de muchas producciones de terror asiáticas, donde las sorpresas y los giros de guión suelen darse en sus clímax finales (normalmente un par antes de su definitiva resolución). Su razón de ser es la habilidosa combinación temporal que su realizador ofrece del mismo relato, estructurado en tres separadores episódicos, ubicados en tres décadas distintas. Una historia intergeneracional que arranca en el presente, concretamente en 2008, cuando tres adolescentes se aventuran a tomar una ruta clausurada por las autoridades y son sorprendidos por varias presencias sobrenaturales y una criatura que parece surgida de la factoría DDT (empresa de efectos especiales que se encargó del bestiario fantástico de El Laberinto del Fauno de Guillermo del Toro). En este punto, la historia retrocede una década atrás y se sitúa en unos bellos parajes de ensueño de una Filipinas tamizada por una iluminación artificial, más propia de un western que no de un filme de terror. En este contexto dos hermanas son asaltadas por un enigmático chaval que se comunica con gestos y monosílabos, mientras intentaban pedir ayuda para que alguien les echase una mano con su coche averiado. Encerradas en un viejo caserón, asisten al despliegue de varias fuerzas espirituales que emergen del lugar como si quisiesen despertar de un tortuoso letargo. Fundido en negro. Laranas tira la moviola hacia atrás y nos muestra cómo en ese mismo espacio, una década antes, se habían producido una serie de maltrataos familiares que terminaron en tragedia. Sólo una persona parece que sobrevivió, arrastrando la maldición familiar hasta la actualidad…

Con esta triple premisa, el otrora director de Sigaw/The Echo nos presenta una ambiciosa producción terrorífica como hacía años que no veíamos, y es que esas cinematografías asiáticas que más han mimado el género, abultándolo y sobresaturándolo hasta límites insospechados, siempre han seguido el mismo patrón (sitio maldito que es transgredido por forasteros o personaje con algún secreto escondido que al salir al exterior desemboca en tragedia o manifestación fantástica). La ambientación lúgubre, los previsibles sustos o la temática fantasmal, sí que siguen apareciendo en The Road, pero nunca son el eje central para perturbar al espectador, pues todos estos elementos hacen su aparición en el primer tercio de su metraje; son presentados de forma directa y sin sutilezas, y buscan la motivación del público para que éste pueda ir ligando e interpretando la historia a su antojo. De hecho, a partir del segundo fragmento, las apariciones fantasmales pasan totalmente desapercibidas y se integran en el entorno natural por el que transitan los personajes, dando una sensación de armonía espiritual. Esta manera de insertar iconografías del más allá en el mundo terrenal se aprecia sobretodo en los capítulos que acontecen en el pasado y, tanto la estética naturalista como la vacua presentación de lo fantástico como algo tangible y palpable con lo real, se asemeja a los escenarios hiperrealistas de Kiyoshi Kurosawa (con quien comparte el mismo regusto por lo espectral a través de una narración desalineada con el orden cronológico interno de la trama) o de Apichatpong Weerasethakul (las visiones alucinógenas entre arboledas y la confusión de las entidades sobrenaturales con los vivos). Este es uno de los motivos que pueden desconcertar a ese espectador no familiarizado en este tipo de narraciones (de hecho, es su marca de estilo y puede que sea la causa del fracaso de taquilla y crítica de The Echo en tierras americanas). Por lo tanto, los que siempre se enojan cuando topan con la misma película de fantasmas una y otra vez o los quejicas que consideran que el terror asiático está muerto y enterrado, deberían sentirse pletóricos ante una producción de esta envergadura narrativa y conceptual.

Los procesos de automatización de pertenencia al género se distancian tanto de los recursos formales como de la estructura lineal que encontramos en similares relatos fílmicos de fantasmas de nueva cuña. Sin embargo, la intención de Laranas era partir de los viejos cuentos espectrales para diseñar una ficción novedosa desde su discurso narrativo y de contenido polémico en cuanto a imágenes desagradables. Y ciertamente lo consigue, con lo cual podemos decir que ha acertado de pleno en su disposición posmoderna de ofrecer un nuevo método expositivo para narrar una historia oscura, sin repetir los mismos esquemas del género (aunque algún que otro sí recicla porque su canonización a lo largo de los años hace que hoy en día sea imposible rehuir de ellos).

La única nota negativa puede que sea su minimalismo escenográfico y su aletargado ritmo, pues seguramente sea un freno a la hora de afrontarla (y más en una sesión nocturna). A pesar de ello, así como de algunas actuaciones poco convincentes de alguno de sus intérpretes y su falta de cohesión argumental en su conjunto, presenta puntos lo suficientemente interesantes como para considerarla unas de las producciones filipinas de terror más potentes de las últimas temporadas.

LO MEJOR: Su fotografía, su iluminación y sus juegos de luz.

LO PEOR: Que su compleja y meditada trama nuble a los de siempre, a los que se aburren cuando un plano dura más de cinco segundos o afirman que nunca les asustan las películas de fantasmas.

VALORACIÓN: 7,5/10

Por nuestro colaborador Eduard Terrades Vicens

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