Isao Takahata: el cuento del niño que no quería dejar de dibujar

Hoy tenía que haber escrito la crítica de Verano de una familia en Tokio del octogenario director japonés Yoji Yamada. Se dan cita en la cartelera española tres películas asiáticas, algo que no sucede desde… creo que no ha sucedido nunca. Sin embargo, esta mañana he encendido el móvil, algo que no hago habitualmente hasta después de desayunar. Una noticia me aguardaba en el Whatssap de CineAsia:

Ha fallecido Isao Takahata. Emoticono de un rostro llorando”.

Ha sido instintivo. He encendido mi cuenta de Spotify. No ha sido difícil seleccionar el álbum de Leonard Cohen You Want it Darker, su última obra antes de dejarnos. Y he empezado a escribir.

Conocí a Isao Takahata en 1975. A sus 40 años, Takahata seguía siendo el niño que a finales de los años 30 correteaba por la prefectura de Mie, en Japón. Un niño que consiguió algo que no sucedía en mi familia desde tiempo inmemorial. Que todos sus miembros: mis padres, mis hermanos, mi abuelo, nos reuniéramos en la sobremesa para ver una serie de dibujos animados. Ninguno de nosotros sabíamos entonces que la serie era japonesa, ni conocíamos realmente a su creador. Pero cada vez que veíamos corretear a Heidi acompañada de su perro Niebla, de Pedro, del abuelo… todos dejábamos de hablar, y nos sumergíamos en aquella aventura. Nos emocionamos con Heidi (1974), lloramos con Marco, de los Apeninos a los Andes (1976), y disfrutamos de Ana de las tejas verdes (1979).

Aquel niño que nació en 1935 llegó a los cincuenta años, y a pesar de que seguía creciendo, nunca dejó de dibujar. En 1985 se iba a unir con su compañero de aventuras, un tal Hayao Miyazaki. Un “chaval” al que le gustaba volar y que lucía una barba como la del abuelo de Heidi. Juntos iban a revolucionar la animación de su país, y de paso, la del mundo entero. El estudio que crearon, el Studio Ghibli, es el estandarte y la referencia para todos los amantes de la animación.

De las manos de Takahata han nacido obras como La tumba de las luciérnagas (1988), uno de los dramas bélicos más desgarradores que ha dado la historia del cine animado. La película, que se estrenó de forma conjunta con Mi vecino Totoro (1988) de Hayao Miyazaki, es una de las piedras angulares sobre las que se cimentó el Studio Ghibli.

Han sido muchas las obras que nos ha regalado Isao Takahata desde entonces: Recuerdos del ayer (1991), Pom Poko (1994), que recibió el premio del Festival Annecy en 1995, Mis vecinos los Yamada (1999), elegida por el Museo de Arte moderno de Nueva York para su colección de películas: la primera película de animación japonesa en recibir este honor.

En 2013 Isao Takahata estrenaría su última película, la maravillosa El cuento de la princesa Kaguya. Takahata, a sus 79 años, continuaba siendo un niño que no quería dejar de dibujar. “Tras Kaguya tengo un nuevo proyecto en mente, pero también tengo 79 años. Si todavía me acompaña el físico, la voluntad, hay gente que financie el proyecto, y soy bendecido con el equipo de colaboradores de mi última película, me gustaría seguir rodando. Pero esto requeriría un milagro, así que cuando pienso si será posible o no, creo que es más probable que sea imposible”. Con su sistema anárquico de trabajo, que podía desesperar hasta el más tranquilo de los seres humanos, el realizador japonés sería nominado al Oscar por su última obra.

El cuento del niño que no quería dejar de dibujar no acaba el 5 de abril de 2018. Como su título avanza, el niño, Isao Takahata, jamás dejó de crear. Los personajes a los que dio vida: Heidi, Marco, Ana de las tejas verdes, Seita, los Yamada, o la princesa Kaguya siempre estarán ahí para recordárnoslo.

Enrique Garcelán

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