Hikari (Hacia la luz): Una ráfaga de luz tan necesaria en los tiempos de oscuridad que corren.

La primera vez que fui a Japón quise experimentar la emoción de ver una película autóctona en un cine de Tokio. Escogí una sala al azar y entre a ver la primera película nipona programada. Cuál fue mi sorpresa al darme cuenta que una inmensa mayoría de espectadores de esa sala eran invidentes o sufrían un grado elevado de minusvalía visual. Había entrado en una multi-sala pensada para ellos: durante la proyección una voz externa a la película iba narrando con todo lujo de detalles y precisión lo que se veía en pantalla. Mientras el proyector alumbraba la pantalla con los fotogramas del filme en cuestión (El hundimiento de Japón para más señas), me iba fijando que el rostro de los espectadores se iba iluminando de emoción, a pesar de que muchos no podían visualizarlas. Tan solo podían formarse una imagen aproximada de aquellos héroes que intentaban salvar al país de los cerezos en flor ante la inminente destrucción ocasionada por un gran terremoto en el Pacífico.

Los héroes de la nueva producción intimista de Naomi Kawase son precisamente esos narradores que insuflan de vida a los cines para aquellas personas con alguna discapacidad visual; concretamente, una introvertida joven que se dedica a narrar y a guionizar las secuencias vacías de diálogos de la manera más descriptiva posible. En una de estas sesiones, que siempre son asesoradas por invidentes, conoce a un obstinado fotógrafo, mayor que ella, que vive con resignación su paulatina y acelerada pérdida de visión, y que le reclama que ponga más pasión y dedicación en sus descripciones. De esas dos almas torturadas y solitarias se forjará una bonita historia de complicidad y cariño que les permitirá abrir sus corazones hacía la vida.

Hikari / 光 es el término que literalmente utilizan los japoneses para describir un resplandor, una luminosidad muy fuerte que lo abraza todo; por ejemplo, el brillo del sol radiante, una puesta al atardecer… Pero para las personas invidentes esa luz debe percibirse desde el interior: una emoción que pueda iluminarles por dentro y hacerles olvidar ese tétrico mundo en el que, por desgracia, les ha tocado vivir. Y el cine, como no puede ser de otra forma, puede convertirse en un buen aliado para la luz y, por consiguiente, una buena respuesta emocional. Kawase, sensible y receptiva siempre con las personas que padecen algún tipo de discriminación (la lepra en Una pastelería en Tokio), enfermedad (la demencia en El bosque de Luto) o que en la vida siguen otro compás muy distinto al resto de mortales (los personajes de Aguas tranquilas), en esta ocasión ha decidido dar voz a un colectivo de la sociedad que a veces pasa algo desapercibido, y del que solamente nos acordamos cuando vemos a alguien por la calle andando con un bastón.

Japón es un país preparado para los invidentes, y así se atestigua en muchos espacios públicos (en todas las acercas de las grandes avenidas disponen de un carril amarillo con pequeños pivotes sobresalientes; máquinas y aseos con indicaciones en braille, los semáforos tienen un sofisticado código de sonidos para indicarles el paso -môdôrei, etc). Pero eso no impide que no conozcamos el sufrimiento de estas personas: su día a día, su soledad y su ofuscamiento. De eso ha querido hablar la realizadora mediante dos personajes que al principio mantienen una actitud muy equidistante entre ellos, incluso se ponen a la defensiva, como resultado de haber vivido demasiado tiempo recluidos en sí mismos. Cuando rompen esa cadena, cuando la luz derrite la frialdad del hielo, consiguen establecer un vínculo que les hace la vida más llevadera.

Más que hablar de un tema, la película se apoya en un concepto, que es la “luz”, como metáfora de la esperanza; también para mostrar la esencia de lo que es el cine, de lo que significa ejercer de cineasta (¿acaso no se necesita de ella para poder filmar?). Y como tal, a nivel técnico y visual, esa luz condiciona la narración, la fotografía e incluso la emoción. Con lo cual, la iluminación juega un papel fundamental en el devenir de la historia y la manera en cómo el espectador la percibe: esa mirada velada cada vez que la cámara adquiere el punto de vista subjetivo del amargado fotógrafo nos invita a ponernos en la piel de una persona invidente por unos segundos, de comprender sus sentimientos y su lucha para no desmoralizarse.

Si las producciones de Kawase partían siempre de un discurso alentado por sus creencias espirituales, cercanas al animismo y naturalismo, en las que los silencios expresan muchos más que mil palabras, en su nuevo filme se abren las puertas a un nuevo estado de percepción de su cine: la belleza de las sensaciones y la ilusión ante las expectativas que uno puede imaginar de cara al futuro. No solamente podemos hablar de un filme delicado, que conmueve por su comprensión hacia un segmento de la población que ya no sufre discriminación, sino de una película cuyo valor humanista ilumina a todo aquel que se atreve a visionarla, de ilusión y expectación. Una ráfaga de luz tan necesaria en los tiempos de oscuridad que corren.

Una crítica de Eduard Terrades Vicens

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