Funan: Animación y heridas de guerra

En las últimas décadas ha cambiado notablemente la mirada de la cinefilia y de la crítica hacia la animación. Lo que antes se conocía como un género enfocado hacia los niños, con una cierta homogeneización y condescendencia hacia esos “dibujos animados”, ahora se entiende mucho más a menudo como lo que es: un medio en el que se pueden abordar las historias de otra manera, posibilitando nuevas formas narrativas y otros matices. Un medio tan ilimitado como la propia imaginación de los creadores, que nos puede llevar a lo más profundo del espacio, a cualquier futuro imaginable, pero también ponernos los pies en la tierra y mostrarnos otras realidades con base verdadera de forma emotiva y dolorosa. Este enfoque con elementos históricos, sociales y políticos es algo que hemos visto crecer especialmente en los últimos años, en el que un numeroso grupo de autores han preferido rodar sus historias, no pocas veces con un componente autobiográfico, utilizando la animación, a pesar de tratarse de dramas que podrían haberse rodado sin mayor dificultad en imagen real. Las nuevas tecnologías digitales de la animación que han revolucionado el medio han abierto las puertas a estos directores, ofreciendo una diversidad de texturas amoldables a sus propios recuerdos, a esos demonios interiores de las historias. El Do it Yourself que ofrece además la animación digital es otro punto a favor, en contraste al ingente equipo necesario en las técnicas tradicionales de animación, recortando considerablemente los costes y proporcionando la posibilidad de que un equipo mucho más pequeño consiga llevar a cabo el trabajo. El auge de la animación dramática para adultos es un hecho, y aprovechamos el estreno de Funan este viernes 22 de marzo para repasar algunos de los títulos indispensables de los últimos años.

Un poco de historia

La política y el carácter social han estado unidas a la animación prácticamente desde sus inicios, con numerosos ejemplos de uso propagandístico, pero ha sido en la última década donde hemos visto ese aumento de producciones de animación con ánimo reivindicativo y de denuncia, enfocadas claramente a un público adulto. Estos títulos buscan mantener un tratamiento realista, tanto en el plano visual como en su tratamiento narrativo. Lejos queda el simbolismo fabulesco de películas como Rebelión en la granja (1954), Orejas largas (1978) o Los perros de la plaga (1982), así como la pesadilla de una sociedad autoritaria del musical de Pink Floyd El muro (1982) o del peligro nuclear de Cuando el viento sopla (1986). En esta nueva remesa de títulos, la mayoría de ellos con producción o participación europea, se busca el reflejo directo de la realidad, o de la memoria de la experiencia.  El referente dentro de esta categoría, y seguramente el título más destacado de los films de animación con carga política sea Vals con Bashir. El director Ari Folman llevaba a la pantalla sus recuerdos como soldado en la guerra del Líbano de 1982, en la que participó con apenas 19 años, en un viaje al infierno del recuerdo del pasado compartido con algunos de sus compañeros del ejército. Documental, ya que al fin y al cabo lo que vemos y oímos es a Folman escarbar en su propia memoria, pero en animación. Según su director no había otra forma de mostrar esas pesadillas de la guerra que no fuera usando ese medio: “La guerra es como un mal viaje de ácido, y no había otra manera de mostrarlo que esta”. La película fue un éxito extraordinario tanto de crítica como público desde su estreno en Cannes, llevándose el Globo de Oro y el César al mejor film de habla no inglesa, y consiguiendo nominaciones al Bafta y también el Oscar. En ese mismo sentido de pesadilla del pasado se movía Alois Nebel, largometraje del checo Tomáš Luňák que adaptaba en este caso el cómic de mismo nombre de Jaroslav Rudis y Jaromir 99 en el que su protagonista, un empleado de una estación de tren, comienza a sufrir alucinaciones que mezclan el presente con su oscuro pasado tras la segunda guerra mundial. Memoria histórica llevada a la animación esta vez en blanco y negro con la técnica de la rotoscopia.

Esas mismas experiencias personales, también en blanco y negro, son las que había llevado a la pantalla la iraní Marjane Satrapi en su debut como directora junto a Vincent Paronnaud, adaptando su propia novela gráfica homónima, Persépolis (2007). En ella nos lleva a través de sus recuerdos de infancia y adolescencia, y de rebeldía, ante el cambio social vivido en el país tras la revolución iraní, con la llegada al poder del fundamentalismo. Se llevó el premio del jurado del Festival de Cannes, consiguiendo una gran distribución internacional, y dando una segunda vida en las librerías a su ya de por sí exitosa y multipremiada novela gráfica original. No ha tenido por el momento tanta suerte otra producción iraní de corte realista como Teheran Taboo (2017) a pesar de haber pasado también por el festival de festivales. El director Ali Soonzandeh utiliza también la técnica de la rotoscopia para llevarnos a través de la capital del país utilizando varias historias en las que reflejar la opresión, la corrupción y el abuso de poder de la vida bajo el régimen.

Si hay un nombre que destaca en el continente asiático es el de Yeon Sang-ho. El popular director del blockbuster coreano Train to Busan era un viejo conocido de los festivales, y del público español, gracias a una filmografía en la que abordaba temas sociales a través de la animación en dramas repletos de dolor como The King of Pigs, The Fake o The Window, un cortometraje en el que nos llevaba, a través de su propia experiencia personal, a una temática que cualquier coreano conoce de sobras como el servicio militar obligatorio. Incluso el reverso de su blockbuster de zombis, la precuela animada Seoul Station, era utilizada por Yeon para seguir reflejando en su animación de diseños toscos el lado más oscuro de la naturaleza humana, hurgando en temáticas como el bullying, el abuso y la corrupción.

En Colombia encontrábamos en 2014 una propuesta muy interesante como Sabogal, un thriller judicial utilizando un personaje ficticio, el abogado Fernando Sabogal, que investiga un caso real como el asesinato del periodista y humorista Jaime Garzón. En su camino hacia la verdad el abogado encuentra conexiones oscuras de poder dentro de un país que entraba en un periodo de aumento de violencia y oscurantismo en ese cambio de milenio. Esta película de Juan Lozano y Serguio Mejía, como muchos de los títulos mencionados en el reportaje, pasó por el Festival de Annecy, una ventana a las posibilidades de la animación en el terreno audiovisual que refleja un gusto exquisito en su programación.

Y en España…

En España hemos tenido dos propuestas de animación políticamente cargadas en los últimos meses. Un día más con vida (2018) es el relato autobiográfico del periodista y escritor Ryszard Kapuściński en su viaje por los últimos días de Angola como colonia portuguesa durante 1975, que lllevaría al país a una larga y trágica guerra civil después de haber sufrido un conflicto para conseguir la independencia. Esta coproducción polaco-española de animación para adultos está dirigida por el documentalista Raúl de la Fuente, que une sus fuerzas con el animador polaco Damian Nenow, quien ya había ganado premios por Paths of Hate, una auténtica virguería en forma de cortometraje bélico en el que entrábamos en la cabina del avión de un piloto de la segunda guerra mundial.

El otro proyecto nacional es Black is Beltza, en el que el también cantante Fermín Muguruza lleva a la pantalla otra historia real, utilizando la animación para hablar en este caso del racismo y los conflictos sociales que siguen tan presentes en la sociedad actual. La película nos lleva hasta la Nueva York de 1965, en la que una comparsa de gigantes de Pamplona ha sido invitada a desfilar por la quinta avenida, pero las autoridades norteamericanas prohíben que salgan dos de los gigantes: representan a personajes de raza negra. La historia deriva hacia un fresco del conflicto racial del momento, desde Malcolm X y el Black Panther Party hasta el papel del servicio secreto norteamericano y también el cubano. Este es en realidad un proyecto transmedia, que Muguruza llevó al cómic y a los museos en forma de exposición, además de la indispensable música de su banda sonora.

Próxima parada: Funan

El próximo estreno Funan, título tomado del nombre del antiguo reino del Sudeste Asiático situado en el delta del río Mekong, entra de lleno en este género, al tratarse de un largometraje, premiado de nuevo en Annecy, en este caso como mejor película, que nos lleva hasta la vida en la Camboya de los años 70. Un drama familiar en pleno ataque de los Jemeres Rojos nos llega desde la propia memoria de su director, Denis Do: se trata de la historia de su propia familia, deportada a un campo de trabajo, en el que verán cómo pierden el rastro de su hijo de cuatro años. Si hablamos del cine de esa memoria histórica de Camboya, hay otro referente inapelable como Rithy Panh, que utilizaba también la animación, en este caso con figuras de arcilla y dioramas, en su ineludible documental autobiográfico La imagen perdida.

Un artículo de Víctor Muñoz

 

 

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