D’A Festival internacional de cinema d’Autor de Barcelona. Crítica de The Land of Hope (Japón)

Año: 2012 País: Japón. Director: Sion Sono. Duración: 133 m.  Género: Drama. Protagonistas: Naoko Ohtani, Isao Natsuyagi, Jun Murakami, Hikari Kajiwara, Yutaka Shimizu.

Sinopsis: En la prefectura de Nagashima, una pequeña ciudad presidida por una amenazante central nuclear, Yoichi Ono y su esposa Izumi llevan una vida pacífica atendiendo la granja de los padres de Yoichi, Yasuhiko y Chieko, quien sufre una enfermedad degenerativa. Un día un terremoto interrumpe la actividad en el reactor de la central, lo que da como resultado la inminente evacuación de la población en un radio de veinte kilómetros ante el probable riesgo de propagación de radiactividad en la zona. Aunque son conscientes de las trágicas consecuencias acaecidas hace pocas fechas en la central de Fukushima, los padres de Yoichi deciden no moverse de su lugar de residencia, mientras que sus hijos deben abandonar el hogar paterno para emprender una nueva vida donde poder tener hijos sanos.    

Crítica:

Tan sólo un año después de dirigir Himizu, donde un joven perteneciente a una familia disfuncional se enfrentaba a las consecuencias, tanto físicas como psicológicas, del terrible tsunami que asoló la costa de Japón hace unos años, ahora Sion Sono, uno de los directores japoneses de última generación más valorados por la crítica en los últimos años, centra su visión en otro tipo de catástrofes igual de devastadoras, las de un terremoto muy parecido al que sufrió la ciudad de Fukushima en Marzo de 2011 (no en vano parte del rodaje se ha llevado a cabo en el mismo desierto de Fukushima), y que desencadenó un accidente nuclear de muy trágicas consecuencias, tales como explosiones en los edificios que albergaban los reactores nucleares, fallos en los sistemas de refrigeración, triple fusión del núcleo… y, sobre todo, liberación de radiación al exterior. Sono, acostumbrado a parir films de culto donde la violencia explícita suele ser una de sus tarjetas de visita preferidas, padece la impresión de una realidad, que, como se suele decir, ha superado la ficción con creces, y ante la magnitud de las tragedias citadas con anterioridad ha decidido rodar películas en las que cobran protagonismo las víctimas directas de la barbarie y su situación de desamparo ante algo que les supera. A los fans más acérrimos de trabajos tan provocadores como Love Exposure, Suicide Club o la más reciente Guilty of Romance, cintas que dieron fama a este arriesgado cineasta, hay que advertirles que en The Land of Hope (Kibou no Kuni, 2012), traducida como «la tierra de la esperanza», no van a encontrar ni cuerpos mutilados, ni secuencias morbosas, ni escenas malsanas; aquí se trata de medir (como hacen con regularidad los  protagonistas de la película con un contador Geiger) de manera harto convincente y realista, la magnitud de la catástrofe haciendo balance de las consecuencias que ésta ha acarreado entre los habitantes de las poblaciones limítrofes.

Más cercano a las radiografías familiares de un Hirokazu Koreeda y, si apuramos, hasta de Yasujiro Ozu, con esas largas conversaciones familiares a pié de tatami, hallamos a un realizador que reflexiona, a través de una precisa y en momentos preciosa puesta en escena (ese pequeño jardín presidido por un viejo roble regado con mimo por la madre), sobre cómo puede llegar a afectar el caos en las distintas generaciones de un mismo núcleo familiar. A lo largo del metraje, los protagonistas se verán obligados a tomar una serie de decisiones en el presente fijando su vista tanto en el futuro como en el pasado. Pero, ¿hasta dónde puede llegar el peligro real y hasta dónde la paranoia de una población que no tiene medios posibles de establecer unos límites reales a la dantesca situación? Así, veremos desfilar tanto personas que extreman su precaución, como otras que se fían sin pestañear de los consejos de tranquilidad que emanan tanto de los políticos al mando como de los medios de counicación.

Si hay que poner un pero a una película como ésta, cuya visión es más que recomendable, aunque sólo sea para palpar desde primera persona la realidad de una sociedad que se encuentra tan extraviada como desorientada, es el de que la apuesta no va más allá de la premisa expositiva. A lo largo de las más de dos horas de duración del film, se acusan repeticiones sobre una misma idea. Es como si el director quisiera que su mensaje de ¿esperanza? quedara clavado en la retina del espectador, y para ello se haya servido de la insistencia en la reiteración. Ocurre, por ejemplo, en las constantes visitas de las autoridades del lugar para convencer a la pareja de ancianos de la conveniencia de abandonar el lugar ante el riesgo de contagio radiactivo. Pero éstos son pequeños borrones aislados dentro de un conjunto que se sigue con interés y que consigue conmover sobre todo en el último tercio del film, aquél en el que los acontecimientos se precipitan y donde el final, por muy previsible que pueda parecer, no pierde un ápice ni de su fuerza visual ni argumental. Y es que Sion Sono no pierde el tiempo sermoneando al personal ni pretende melodramatizar algo tan fuerte como lo que les viene pasando a los japoneses en el último lustro. Tan solo se trata de reflejar de la forma más veraz posible los distintos puntos de fuga de unos hombres y mujeres amenazados tanto por el aislamiento como por la misma enfermedad.

Lo mejor: El simbolismo y la metáfora le siguen funcionando al director a las mil maravillas.

Lo peor: La tendencia a repetir situaciones que apelmaza un poco el desarrollo de la trama.

Por nuestro colaborador Francisco Nieto

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