Yoji Yamada: el último de los clásicos

Uno de los directores más veteranos del cine japonés parece estar viviendo una segunda juventud a sus 85 años. Yoji Yamada, el último de los clásicos de la Era Showa, sigue con el mismo ritmo de rodaje infatigable que en su época de esplendor de la década de los 60, sintiéndose aún en plena forma; si Manoel de Oliveira estrenó su último film tras cumplir los 105 años, la reputada longevidad japonesa puede hacerle llegar hasta esa cifra. El narrador oficial de la clase media japonesa en el llamado gendai geki, los dramas costumbristas ambientados en la época contemporánea, sigue deleitándonos con pinceladas de humanismo consiguiendo el reconocimiento en occidente que se le negó en décadas pasadas, el mismo que sufrió Yasujiro Ozu, por ejemplo, en su momento de máximo apogeo.

Yamada, con un estilo tan academicista como pudiera ser el del director de Primavera tardía, aunque desde luego no tan estricto en su puesta en escena, no ha dejado nunca de tener a la familia como eje temático, si bien desde una perspectiva mucho más moderna que su maestro en la que se nota ese salto generacional. Tras un impase en su carrera en el que quiso entrar en los dramas históricos o jidai-geki saldado con el mayor éxito internacional de su carrera, y un regreso a los dramas costumbristas que le reconocen como el último de los clásicos del cine japonés, el director ha querido volver al que no deja de ser el género de su vida, la comedia ligera, convirtiendo a Maravillosa familia de Tokio en la amalgama perfecta de su carrera: familia, costumbrismo y humor.

Nacido el 13 de septiembre de 1931 en la ciudad de Toyonaka, el joven Yoji Yamada entraría a trabajar a los 23 años en el que se convertiría en el único lugar de trabajo de su vida, los estudios Shochiku, como guionista y ayudante de dirección tras haberse licenciado en la Universidad de Tokio. Siete años pasarían hasta que pudiera dirigir su primera película, la comedia Nikai no tanin (algo así como “Los extraños de la planta de arriba”, 1961), entrando en los míticos estudios Ofuna de la compañía para rodar más comedias como Shitamashi no taiyo (también conocida como The Sunshine Girl, 1963) o Natsukashii Furaibo (“Un buen vagabundo veterano”, 1966), poniendo las bases de lo que sería una carrera dedicada a contarnos historias de gente corriente, tragicomedias en las que el romance o las diferentes problemáticas sociales se terminaban saldando de manera positiva. Eso demandaba el público, ávido de relatos esperanzadores en un país que resurgía poco a poco de sus literales cenizas.

Yamada dejó que la Nueva Ola del cine japonés le pasara de largo y durante la década de los 70 salvaría directamente de la bancarrota a la maltrecha Shochiku gracias a una saga que persiste en el corazón de los japoneses de cierta edad, siendo toda una institución en el país. Otoko wa Tsurai Yo (algo así como “es difícil ser un hombre”, 1969) marcaría la entrada en la gran pantalla de Torajirô Kuruma, más conocido como Tora-san, un romántico empedernido bajo su pose de solitario que viaja, como un marinero en tierra, de ciudad en ciudad en busca de su amor definitivo. Este vendedor ambulante que no deja de meterse en líos (y de paso involucrar a su comprensiva familia) interpretado por Kiyoshi Atsumi en el papel de su vida, pasó por la gran pantalla en 48 entregas, dirigidas en 46 ocasiones por el propio Yamada, que puso el guión a las dos películas restantes, estrenadas en su mayoría a un ritmo de dos por año. El público ya sabía que a principios de agosto y a finales de año tenía cita con Tora-san, reflejando los pequeños cambios de la sociedad alrededor de ese viajero errante imperturbable, último símbolo de una vieja guardia cercana incluso al espíritu del típico “ninkyo” que respetaba a rajatabla el código caballeresco del yakuza eiga de la época, cada vez más desaparecido en la vorágine de la vida moderna. Y así sería durante tres décadas; solamente el fallecimiento de su actor protagonista pondría fin a la saga en 1995. A las afueras de Tokio, en el distrito de Shimabata, centro de la historia donde residía la familia de Tora-san y eterno puerto de vuelta del personaje, se puede encontrar una estatua dedicada a su figura, acompañada desde hace apenas unas semanas por otra dedicada a su hermana en la serie fílmica, Sakura, siempre sufriendo por su destino, que fue inaugurada por el propio Yamada y la actriz que interpretaría el papel durante todos esos años, Chieko Baisho. El séptimo título de la saga, Tora-san: the Good Samaritan, refleja perfectamente el espíritu de la serie, y por extensión del cine del propio Yamada.

Durante esas décadas Yamada rodaría títulos más allá de las aventuras de su eterno personaje, obras costumbristas como Where Spring Comes Late (Kazoku, 1970), o la road movie El pañuelo amarillo de la felicidad (1977), uno de sus pocos trabajos reconocidos en occidente en la época, quizás por su origen al adaptar una novela norteamericana, con un extraordinario Ken Takakura.  A destacar también títulos como The Village (Harakara), en la que repetiría con su eterna Sakura, Chieko baisho o My Sons (Musuko), un premiadísimo film en el que de nuevo ponía en el centro de la historia a una familia desestructurada y la lucha entre la tradición y el progreso, en este caso con la relación de un granjero y sus hijos que viven en la gran ciudad.

Pero no sería Tora-san la única gran saga de la carrera de Yamada. Por un lado serviría como guionista de otra longeva carrera de películas, Free and Easy (Tsuri baka nishi), una adaptación de un manga protagonizado por dos amigos que se dedican a la pesca deportiva que comenzaría en 1988 la primera de sus veinte entregas, aunque jamás le tendrían como director a pesar de reconocerse como un ávido lector de la serie. Por el otro estaría A Class to Remember (Gakko), protagonizada por un profesor de una escuela nocturna en una zona marginal de la gran ciudad, que siguiendo el mismo espíritu desenfadado de la saga Tora-san, intenta ayudar a sus alumnos a conseguir sacar adelante sus estudios. Con cuatro entregas pondría fin a un ciclo en la carrera del director, que se tomó un pequeñísimo descanso para entrar en un terreno que nunca había pisado, el del drama histórico.

Del costumbrismo al Jidai-geki

Con El ocaso del samurai (2002), La espada oculta (2004) y Love and Honor (2006) Yamada se pasaba al Jidai-geki, al drama histórico, con el mismo espíritu clasicista de sus anteriores trabajos y con el tono costumbrista que marcaba su obra. Costumbrismo histórico, podríamos decir, en lugar de aventuras, épicas batallas y duelos de espadachines, aunque no faltaría en cada entrega una pequeña dosis de la necesaria acción para los guerreros protagonistas, sufridos seguidores del bushido, el camino honorable del samurai. Con El ocaso del samurai el director llenaba de alma la historia de un samurai viudo que sobrevive como puede en tiempos difíciles, consiguiendo un gran éxito no solo de público, sino también de crítica. Curiosamente con esta película que ya había sido multipremiada en su país obteniendo el récord de estatuillas de la Academia japonesa al sumar 12, dejaba en el público internacional la impresión de que estábamos ante un maestro del género, algo similar a lo que pasó en los años 50 con Akira Kurosawa. Nada más lejos de la realidad siendo esta su primera película de espadachines, pero es cierto que el director salía más que airoso de su primer viaje al pasado histórico del país, aportando un tono pocas veces visto en el cine de samuráis más exportado, cosa que le llegó a reportar una nominación al Oscar a la película de habla no inglesa, la primera para Japón en más de 20 años. Repetiría esquemas con La espada oculta, en la que un samurai que también sufre en silencio un amor platónico, intenta frenar una conspiración evitando cualquier acto de violencia; y cerraría su trilogía con Love and Honor, la historia de un samurai que queda ciego al ser el encargado de probar los alimentos antes de que le sean servidos a su señor, evitando así el envenenamiento, reflejando ese espíritu de dedicación y el trabajo por el bien común a costa de la propia salud como algo característico de la propia idiosincrasia japonesa. Un broche de oro a un periodo que daría paso a una nueva etapa en la que Yamada regresaría a las historias más contemporáneas, tomando el concepto desde una óptica japonesa.

Eludiendo el ocaso

Si revisamos la obra de Yamada hasta este punto, podemos concluir que siguiendo la tónica del propio cine mundial, es eminentemente masculina, y los personajes femeninos quedan en su mayoría relegados a ser la abnegada esposa o hermana que sufre las desdichas de su familiar, o la de ser el interés romántico del protagonista de turno. Todo eso cambiaría en la nueva etapa del director que arrancaba con Kabei (Nuestra madre, 2008), un retrato de la postguerra a través de la historia de una esposa y madre que ve cómo su marido es detenido tras ser acusado de ser comunista, en uno de los pocos acercamientos fílmicos a esos hechos históricos. Un magnífico melodrama protagonizado por Sayuri Yoshinaga, premiadísima actriz que ya había trabajado en varias ocasiones con el director en la saga Tora-san.

Yamada volvería a contar con Yoshinaga en el rodaje de otro film ambientado en la misma época, Nagasaki, recuerdos de mi hijo (2015),  un ejercicio de memoria histórica que evita los excesos de dramatismo a través de pequeños golpes de humor y un punto de fantástico, al reflejar la historia de una madre que perdió a su hijo en la terrible explosión nuclear, que ve como unos años después éste regresa en espíritu para intentar conseguir que tanto la madre como su antigua novia, refugiadas en la fe cristiana, pasen página y rehagan sus vidas.

Tampoco había dejado del todo esa época en su anterior film, también eminentemente femenino, La casa del tejado rojo (2014), adaptación de una premiada novela de la escritora Kyoko Nakajima en la que, ambientada antes de que Japón entrara en la II Guerra Mundial en pleno momento de apogeo nacionalista, nos introduce en el hogar de una acaudalada familia, que toma como nueva criada a una joven pueblerina, interpretada por Haru Kuroki, que se llevaría el Oso de Plata a la mejor actriz de la Berlinale por su interpretación. Allí la joven comenzará a observar como la llegada de un estudiante pone en juego la unidad familiar, al comenzar los escarceos con la señora de la casa. Un relato que enfrenta con perspectiva distante uno de los momentos históricos que marcarían un punto y aparte en la historia del país.

Pero probablemente el gran film de Yoji Yamada en este siglo XXI sea Una familia de Tokio (2013), su modernización de una de las grandes obras maestras del cine, Cuentos de Tokio de Yasujiro Ozu. Solo el director, al cumplir los 80 años, era capaz de tomar la idea de modernizar una de las historias más representativas de la cultura japonesa moderna, aunque el destino le esperaba con un giro inesperado. Cuando estaba todo dispuesto para comenzar su rodaje, en marzo de 2011, el país sufriría una nueva embestida de la naturaleza con el terremoto y tsunami de Tohoku. El director paró la producción, dejando que Japón retomara el aliento y convirtiendo la nueva herida en uno de los ejes centrales del argumento. Era un cambio demasiado importante en la historia de Japón como para no incluirlo en el relato de la sociedad moderna que el director quería mostrar. El resultado es una obra maestra que toma los fundamentos del cine clásico y a la familia como epicentro, revelando que en realidad la sociedad japonesa adolece de unos males no tan diferentes a los de hace 60 años.

Así llegamos a Maravillosa familia de Tokio (2016) su penúltimo film en el que el director consigue un grandioso divertimento lleno de auto-homenajes, empezando por el reparto al tomar a los mismos actores de su Una familia de Tokio en nuevos personajes, y siguiendo por elementos de atrezzo o incluso el propio título original. Kazoku wa tsurai yo, algo así como “Es difícil ser una familia”, remite directamente al título original de la saga Tora-san, Otoko wa tsurai yo, trasladándonos a través de la comedia clásica a una unidad familiar a punto de romperse después de que la abuela de la familia decida pedirle a su marido un inesperado regalo de cumpleaños: el divorcio. Desde este ya de por sí curioso punto de partida, nos adentraremos en los sucesivos movimientos de los hijos para intentar mantener el statu quo del hogar y recomponer la foto familiar. El director, en su comedia más alocada, con momentos cercanos al slapstick con numerosos golpes de humor físico, logra reunir los elementos más tradicionales de su carrera, incluido ese tono academicista, en el que decíamos es su penúltimo film. Y es que el último, de momento, es la secuela de esta, Maravillosa familia de Tokio 2, que se estrena este mismo mes en Japón. Sigue así la carrera de Yoji Yamada, el último de los clásicos.

Por Víctor Muñoz

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