Yo no soy Madame Bovary: David contra Goliat

No exenta de polémica ha estado la última película del director chino Feng Xiaogang, Yo no soy Madame Bovary, y por varios motivos. Cuando en la gala de clausura del Festival de cine de San Sebastián de 2016, donde la película competía en Sección Oficial, ganaba la Concha de Oro a la Mejor Película, unos cuantos abucheos se pudieron escuchar en la sala habilitada por el certamen para que la prensa siguiera la ceremonia. La verdad es que muchos de los críticos no es que tuvieran demasiada buena opinión de ella.

Y es que Yo no soy  Madame Bovary es la película más personal del director. Acostumbrados a los grandes blockbusters a los que nos tiene acostumbrados, esta “pequeña” historia acerca de una mujer que busca justicia se aleja de las superproducciones comerciales de Xiaogang. La única apuesta segura que le podía asegurar el éxito en la taquilla era la de contar como máxima protagonista a la estrella asiática Fan Bingbing, con la que ya había trabajado en 2003 en  Cell Phone, y cómo no, la artillería promocional que le ofrecía tener detrás a una de las grandes productoras en China, la Huayi Brothers, que apoyó desde el principio el proyecto. Y no solo el film es una jugada personal de Feng a nivel de exploración de formatos, sino también es una propuesta valiente y arriesgada por la temática, aunque aquí también hay opiniones.

Li Xuelian (Fan Bingbing) y su marido montan una farsa, un falso divorcio con el que podrán conseguir un apartamento en la ciudad por parte del gobierno, pero el esposo le hace una jugarreta y se casa con otra mujer. Li recurrirá a denunciar el hecho al juzgado de su zona… sin éxito. A partir de aquí, emprenderá cuantas acciones sean necesarias ante prácticamente todas las instancias funcionariales para conseguir su objetivo: que se sepa la verdad y se haga justicia. Pero, ¿sus motivos son solo por la frustración de haber sido engañada o por la consecución de una vivienda? Lo veremos…

Sobre el aspecto formal de la película que sí es cierto que en un principio las limitaciones del círculo en pantalla pueden molestar aunque acabas acostumbrándote, Feng Xiaogang se justificaba de la siguiente manera: “Quería crear un contraste entre las diferentes ubicaciones: el campo y la ciudad, las provincias y la capital. El primer motivo por el que lo quería hacer es porque es una historia muy china; en la dinastía Song gran cantidad del arte tenía formas redondeadas, así que pensé que sería una manera de reflejar lo típicamente china que era esta historia. La segunda razón es hay un fuerte humor negro en la historia y temía que la gente se pasara la película riendo, mientras que con el objetivo redondo en pantalla podría dar un efecto más alegórico en vez de hacerla una simple comedia. Pero cuando fuimos a rodar a Beijing, el formato redondo no encajaba con la estética de la ciudad, así que elegimos volver al formato rectangular.”

Lo cierto es que la pelea de la protagonista, además de dantesca (la lucha contra el sistema de una única ciudadana que pone en jaque a todo el funcionariado), resulta de lo más descabellada y absurda, pero a nuestro parecer es tan solo una excusa. Feng la utiliza para poner contra las cuerdas lo intrincado y disfuncional del sistema administrativo chino (las reuniones regionales y provinciales del partido no tienen desperdicio). Aunque también aquí hay quien dice que con frases como las que dicen algunos de los funcionarios como “una pequeña herida puede acabar con una gran presa” o “tenemos que escuchar al ciudadano”, Feng disculpa en cierto modo al régimen. Cuestión de opiniones…

Yo no soy Madame Bovary llegaba a las pantallas chinas a finales de noviembre con 8 minutos menos de metraje (cosas del comité censor) y se alzaba, como era de esperar, con el número uno, aunque no estuvo exenta de polémica como decíamos al principio. Feng reclamó a través de las redes sociales que el gran competidor de la Hyayi Brothers, el grupo de exhibición Wanda, estaba boicoteando su film en sus cines relegándolo a pocas salas y pocos pases. Y es cierto, solo un 10% de los cines gestionados por Wanda tenían la película en cartel; la respuesta del conglomerado: si una película no es buena, tenemos derecho a no pasarla. Parece pues que la divergencia de opiniones en cuanto al nuevo film de Feng está más que servida. Ahora solo quedan las de los espectadores españoles cuando a partir del 10 de marzo acudan a las salas a ver Yo no soy Madame Bovary.

Por Gloria Fernández

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