Wang Xiaoshuai: la memoria fílmica de la China contemporánea

El estreno de la monumental Hasta siempre, hijo mío marca una nueva cumbre en la carrera de Wang Xiaoshuai, uno de los directores chinos que ha retratado con mayor precisión los grandes problemas sociales de China en las últimas décadas. Su cine parte y se basa en experiencias personales, pero a su vez supone un retrato de toda una generación marcada por el pesimismo y la ansiedad ante un futuro incierto.

Wang Xiaoshuai y aquellos directores nacidos a mediados de la década de los 60 e inicios de los 70 -entre los que destacan Jia Zhangke (Pickpocket), Wang Quan’an (Eclipse lunar) o Zhang Yuan (Beijing Bastards)- fueron llamados la Sexta generación de cineastas chinos. Su estilo directo y crítico, con importantes influencias del neorrealismo italiano y el realismo socialista; se contraponía al de los directores de la Quinta generación -que formaban cineastas como Zhang Yimou (Linterna roja) o Chen Kaige (Adiós a mi concubina)-, cuyo cine nacía precisamente de un rechazo hacia el realismo socialista, dando una gran importancia a la estética y exotizando la cultura china para atraer al público occidental. El cine de la Sexta generación no trataba ni eventos históricos ni grandes narrativas, sino que era un reflejo de la realidad china de ese momento, tratando temas incómodos para el gobierno como la delincuencia, la homosexualidad o la “población flotante” -trabajadores ilegales que emigraban del campo a la ciudad en busca de mejores oportunidades-. Jia Zhangke, Zhang Yuan o el propio Wang Xiaoshuai se toparon con muchísimas dificultades para rodar y estrenar sus primeras películas – que en la mayoría de los casos fueron prohibidas-, encontrándose en un ambiente hostil y dominado por los directores de la Quinta generación, que sí gozaban con el beneplácito del Partido.

El primer largometraje de Wang Xiaoshuai, The Days (1993), fue repudiado por el gobierno a pesar de ser adquirido por el MoMA (Museum of Modern Art) de Nueva York y ser nombrada una de las 100 mejores películas del siglo por la BBC. En esta película, más cercana al documental que a la ficción, se relata el día a día de una pareja de artistas, Liu Xiaodong y Yu Hong, sus inquietudes, ansiedades y la relación ambivalente que mantienen con Estados Unidos. Xiaoshuai retrata con precisión el pesimismo que imperaba en su generación, marcado por el rechazo al nuevo modelo económico y el fracaso de las protestas estudiantiles en la plaza Tian’anmen cuatro años antes. Frozen (1997) fue incluso más controvertida; firmada bajo el seudónimo de “Wu Ming” (“anónimo”), tardó 3 años en ver la luz y tuvo que salir del país de contrabando. Protagonizada por Jia Hongsheng -quizás el actor más emblemático del cine independiente chino en la década de los 90-, la película nos narra el último año en la vida de un artista cuya última obra es su suicidio. Frozen, además de volver sobre los mismos temas que The Days, sirve como un valioso testimonio sobre el Beijing East Village, barrio donde se concentraba la mayor parte de actividad artística de vanguardia en la década de los 90.

Wang Xiaoshuai finalmente consiguió el visto bueno de los censores -después de casi cuatro años y varios recortes- con So close to Paradise (1998). También podría estrenar The House (1999), una comedia inofensiva -la única de su filmografía- que es sin duda su película menos conocida fuera de China. Lo contrario pasaría con La bicicleta de Pekín (2001), prohibida en China hasta 2004 pero que supondría su consagración internacional al alzarse con el Gran Premio del Jurado en el Festival de Berlín. Gui es un adolescente que llega a Pekín desde una provincia rural en busca de un futuro mejor. El joven encuentra trabajo en una empresa de repartidores, pero todo se complica cuando su bicicleta -que aún no es suya, sino que pertenece a la empresa- es robada y vendida a Jian, un joven estudiante de Pekín. Así como para Gui la bicicleta es fundamental para su supervivencia, para Jian la bicicleta cobra un sentido libidinal -le sirve para atraer a las chicas- que sólo puede darse en un contexto socioeconómico capitalista. Xiaoshuai se sirve así de esta historia reminiscente tanto al Ladrón de bicicletas (Vittorio De Sica) como a la novela El camello de Zuangzi de Lao She para criticar el creciente materialismo de la sociedad china. También es especialmente interesante y relevante como Xiaoshuai invierte la visión imperante en China de lo rural como símbolo de atraso y lo urbano como progreso -representación que se solía dar en los cineastas de la 5ª generación-, dando una imagen sucia y caótica de Beijing, presa de una urbanización salvaje y deshumanizadora.

En Drifters (2003) el director chino volvería a tratar el tema de la “población flotante” -que ya había aparecido tanto en La bicicleta de Pekín como en So close to Paradise-, realizando a su vez una crítica a la visión idealizada de Estados Unidos en el imaginario colectivo de la sociedad china a principios del nuevo milenio. Con Shanghai Dreams (2005), Wang Xiaoshuai vuelve a ganar un importante premio internacional, el Premio del jurado en el Festival de Cannes. Se trata de su película más autobiográfica, ambientándola en Guizhou -provincia en la que vivió hasta los 13 años- y con una protagonista cuyos padres también emigraron desde Shanghai para formar parte del “Tercer Frente” (1964-1971), un programa del gobierno de Mao que tenía como objetivo la reubicación estratégica de la industria pesada hacia zonas interiores. El deseo del padre de Qinghong, la protagonista, es el de volver a Shanghai, ya que siente que el gobierno está en deuda con él por ofrecerse a entrar en un programa que ha resultado ser un fracaso y cree que merece pasar a formar parte de la nueva clase media urbana que está surgiendo en las grandes ciudades chinas. Su deseo no es compartido por Qinghong, que se ve obligada a ceder a pesar de que su auténtico deseo es el de permanecer en Guizhou. Con un trabajo de cámara impecable, el director chino nos muestra a la joven como prisionera en su propio hogar, transmitiendo sutilmente la ansiedad que siente ante un futuro impuesto e incierto.

En 2007, Wang Xiaoshuai vuelve al Festival de Berlín ganando el Oso de Plata al Mejor guion por In Love we Trust. A pesar de ser probablemente la película más melodramática de su carrera, Wang Xiaoshuai consigue no quedarse en la superficie de una disputa marital para hablarnos de los cambios sociales en la China actual y sus efectos psicológicos en los individuos. La paternidad vuelve a ser un tema central en Chongqing Blues (2010), con un tono cercano al thriller, en lo que supondría un avance de Red Amnesia (2014), su largometraje más cercano al cine de género hasta la fecha. Xiaoshuai vuelve a hablarnos en esta película sobre el “Tercer Frente” y sus efectos en la China actual, aunque esta vez de una forma mucho más alegórica que en Shanghai Dreams. La vida de Zheng Meijuan -interpretada por una maravillosa Lü Zhong– se ve alterada cuando empieza a recibir unas misteriosas llamadas, consecuencia de una decisión que tomó durante la Revolución Cultural (1966-1976). Del mismo modo que Zheng parece haber olvidado lo que pasó, el gobierno chino ha querido que su población olvide los errores que han cometido. Por consiguiente, la película funciona a varios niveles: como una crítica a la “política del olvido” por parte del Partido, que ha querido ocultar las catastróficas consecuencias económicas y sociales del fracaso del “Tercer Frente” y como un estudio psicológico sobre el efecto que pueden tener el presente errores cometidos en el pasado.

En su última película, Hasta siempre, hijo mío (2019), Wang Xiaoshuai ha vuelto a conquistar a la crítica con un poderoso retrato familiar sobre los efectos sociales y psicológicos de la política del hijo único en China. El viernes 27 se estrena en nuestras pantallas, siendo una oportunidad única para entender mejor las complejidades de la sociedad china a través de uno de sus grandes directores.

Un reportaje de Josep Santcristófol

 

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