Sitges 2013: 009 Re:Ryborg (Kenji Kamiyama, Japón)

Aunque a algunos les parecerá que esta puesta al día de unos de los comics japoneses que más tendencia marcó en la década de los 60 (por no decir el que más, al perfilar el concepto del superhéroe en suelo nipón) es un mero producto para el público “otaku”, y que la estela conceptual del discurso de Mamoru Oshii es demasiado alargada, lo cierto es que 009 Re: Cyborg nació con la intención de llevar el manga que ideó Shôtarô Ishinomori en 1963, en la que un grupo de hombres elegidos al azar eran modificados robóticamente para convertirse en androides con habilidades especiales, a un plano mucho más adulto (curiosamente, el mismo año Stan Lee y Jack Kirby crearían al grupo de mutantes más famoso de la historia del cómic americano…). Sin olvidar que las nuevas generaciones también podían ser un buen gancho para dar una segunda juventud a una de las sagas más exitosas de toda la trayectoria artística de Ishinomori. Y lo hace con una trama post 11 de Septiembre, con el grupo de androides dispersados por todo el globo terráqueo, estando su líder (el carismático Joe Shimamura) en un permanente estado de hiato amnésico al habérsele reprogramado su memoria y no querer recordar a sus antiguos compañeros de combate (entre los que se encuentra su amante francesa Françoise Arnoul, la bella Cyborg 003). Una serie de atentados contra los rascacielos más emblemáticos de las principales potencias mundiales hace que los héroes deban reconstruir la formación original, siempre supervisada bajo la batuta del Dr. Gilmore.

Aparentemente, pues, una escaleta argumental básica, sencilla, ideal para confeccionar unas buenas secuencias de acción con las más revolucionarias técnicas en 3DCGI. Sin embargo, esos ataques perpetrados contra esas monstruosas torres de acero y cristal (atención al ataque al Roppongi Hills de Tokio) desvela una trama de conspiraciones a nivel mundial, orquestada por una organización secreta estadounidense que quiere dinamitar los cimientos de las principales capitales financieras, con la única finalidad déspota de restituir un nuevo orden mundial. Una nueva supremacía que intenta excluir a los países árabes y que busca su razón de ser en la práctica de un terrorismo invisible al que los nuevos cyborgs se enfrentarán, arriesgando sus propios cuerpos artificiales y su propia memoria sintética apoyada en los vagos recuerdos de cuando aún eran humanos. ¿Les suena de algo? Efectivamente, no se puede negar la evidencia: Kenji Kamiyama, su realizador, se ha dejado empapar por la filosofía “hi-tech” de Oshii. E incluso de su visión nihilista (más que distópica) sobre el futuro que le depara a la humanidad, representándose en ese destello nuclear en la ciudad de Dubai y las posteriores reflexiones que efectúa Joe con las llamas detrás de sus hombros como telón de fondo (con unos planos secuenciales sobrevolando la escena dantesca que son un claro tributo a la primera aparición de Kenshiro en el primer largometraje animado de El Puño de la Estrella del Norte, dirigido por Toyô Ashida en 1986). Esta secuencia, clave para el desarrollo de la segunda parte de la trama y que supone un interludio filosófico que claramente divide el filme en dos partes muy diferenciadas a nivel temático, contiene parte de esa poética de la destrucción tan arraigada en la idiosincrasia y mentalidad del pueblo japonés, en la cual ese escepticismo sobre el futuro venidero no deja entrever demasiada luz. En la película desemboca en los típicos traumas personales sobre el héroe robótico y su existencia, extrapolables en el mundo de los superhéroes americanos de las editoriales Marvel y DC, y que concluye en una motivación extra, pese a que antes deba reconstituirse interiormente para afrontar el último reto para salvar a la humanidad de la intangible amenaza (en este punto, Joe parece no despertar de su letargo hasta el clímax final y el posterior y sorprendente epílogo).

A ello hay que añadir que Kamiyama se ha nutrido de la compañía Studio I.G. (precisamente, los responsables de los filmes animados de Oshii) para animar esta trama de oscuras maquinaciones por parte de organismos secretos, con unos resultados más que revolucionarios y unas filigranas visuales (contiene ciertos paralelismos en la paleta de colores y las texturas animadas con Ghost in the Shell 2: Innocence) que dejarán atónitos a los espectadores. También de la música del maestro Kenji Kawai y su coro que ya utilizó en Avalon (Oshii again) para hacer volar a esos androides por el espacio sideral. ¿Y cuál es, pues, su rasgo genuino que la hace diferente de otros productos animados en los que la ciencia ficción se entremezcla con la política actual contemporánea? Principalmente el tono mesiánico que ha imprimido Kamiyama en todo el metraje y que capta perfectamente la esencia “new-age” de la última saga del manga original. ¿Y si ese terrorismo no tuviese ningún líder visible? ¿Y si fuera un aviso de la madre naturaleza por estar los humanos permanentemente asfixiando los recursos del planeta? La clave de todo ello será “La Voz”, una entidad invisible (como el terrorismo que intentan combatir) que posee a ciertas personas con cierto poder y estatus social a nivel mundial. Y la pista para dar un cuerpo sólido a esa voz será el misterioso fósil de un ser alado en forma de ángel que uno de los cyborgs encuentra en unas ruinas de Estambul. Más pistas ya no se pueden dar para poder comprender en toda su magnitud esta magna opus animada, que requeriría de un esfuerzo previo por parte de las audiencias por conocer los orígenes de esta heroica agrupación robótica. 

Uno de los hándicaps con los cuales deberán lidiar los neófitos que por primera vez se adentran en el buque insignia de Ishinomori es que el filme parte de la base de que ya hemos leído previamente parte del tebeo original, pues la historia individualizada de cada personaje se da por explicada o entendida. Aun así, y pese a las complejas subtramas de espionaje que en muchos casos tienen que ver con la nacionalidad de los cyborgs (el cómic original se creó en plena Guerra Fría y el primer arco argumental tomaba prestado sutilmente este juego de guerras subversivas entre Estados Unidos y Rusia como “leit motiv” central), la columna vertebral de la historia se sigue sin demasiados problemas y automáticamente uno puede empatizar con cada uno de los androides (he aquí uno de los mejores logros de Ishinomori en su día, pues cada personaje era de una nación diferente y los diseñó con una serie de arquetipos específicos que se mantuvieron hasta el final del cómic). Aunque el tebeo nunca se ha llegado a publicar por estas tierras (en general, Ishinomori nunca ha contado con el beneplácito del público español), seguramente los aficionados más veteranos al anime recordarán cierta cinta que apareció en los videoclubes españoles durante los 80: Agente Espacial 009, La Leyenda de la Super Galaxia (Masayuki Akihiro, 1980), tercera de las películas animadas, cuya trama se sitúa al final de la segunda temporada de televisión y que fue reeditada en DVD hace unos añitos por Divisa. Este filme, a lo sumo, aún podía resultar más incomprensible para la chavalería de la época (entre los que yo me encontraba), pues era una “space opera” en toda regla que daba por sentada las tres grandes sagas argumentales que narró Ishinomori durante los diecisiete años de publicación casi ininterrumpida. A grandes rasgos, el manga narraba la historia de nueve personas secuestradas por una Organización Terrorista apodada el Fantasma Negro y que eran convertidas en androides para poder desestabilizar el mundo, pero estos conseguían liberarse y, aunque en muchos casos eran considerados como enemigos de ciertas naciones, se unían para combatir a su maquiavélico creador. Kamiyama ha obviado todos estos hechos: el Fantasma Negro ya no existe, sólo su sombra se ha perpetuado a través de esa especie de arcángel que manipula a los principales órganos políticos y militares de los principales estados democráticos del planeta, con la excepción de algún país árabe.

Teniendo claro el concepto por el cual fueron creados los cyborgs y partiendo de la base de que el espectador que la verá está al día de la plana internacional al consumir asiduamente noticiarios y prensa escrita, no necesita de esfuerzos suplementarios para adentrarse en su manifiesta vena intelectual. Eso sí, complementada con altas dosis de divertimento a consecuencia de las milimetradas escenas de acción. Kamiyama, pues, como ya hiciese en la aclamada serie de anime Ghost in the Shell: Stand Alone Complex, se ha decantado por una historia sociopolítica que, sin duda alguna, será disfrutada por todos aquellos que sientan un mínimo de curiosidad por todo lo que envuelve el poder económico y los lobbys financieros a nivel mundial (ahora que aparecen asiduamente en los medios de comunicación). Una relectura del cómic original para las nuevas generaciones que han crecido ya con internet desde sus infancias, pero también para todos aquellos nipones ya adultos que han visto evolucionar la esfera geopolítica mundial desde la primera viñeta que leyeron del cómic surgido de la punzante pluma de Ishinomori hasta nuestros días.          

Lo mejor: Su factura visual y el cameo del presidente Obama.

Lo peor: No quedarse en los títulos de crédito finales, pues se arrojan más pregunta sobre esa especie de arcángel que pulula por la estratosfera de la Tierra y que parece ser el incitador de los conflictos entre naciones que se exponen a lo largo del metraje.

Por Eduard Terrades Vicens

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