Sitges 2012: Doomsday Book (Corea, 2012)

Director: Kim Jee-woon, Yim Pil-sung. País: Corea del Sur. Año: 2011 Con: Ko Joon-hee, Ryoo Seung-beom, Bong Joon-ho, Park Hae-il, Kim Kang-woo. Género: Drama/ Ciencia Ficción. Duración:113 m.

Sinopsis: En la primera historia de las tres que consta el film, llamada ‘The New Generation’ (La nueva generación) vemos cómo un chico lanza a la basura unas manzanas podridas que había en su casa y a partir de ahí se desencadena una auténtica hecatombe en la que las personas que coman el alimento reciclado a partir de esos desechos se convierten en zombis asesinos. Mientras tanto, en el segundo capítulo, conocido como ‘Heaven’s Creation’ (La creación del cielo), un robot que habita junto a unos monjes budistas llama la atención al obtener conciencia de su propia existencia, lo que desemboca en una búsqueda constante de su identidad ante la férrea oposición de la empresa que lo diseñó. Por último, el tercer segmento titulado ‘Happy Birthday’ (Feliz cumpleaños) nos habla de una niña quien, a causa de un tremendo error, provoca la llegada de un meteorito que arrasala Tierra, y de cómo deberá afrontar las consecuencias unos años más tarde, después de haber presenciado el fin del mundo.  

Crítica: El llamado cine omnibus se trata de un film que consta de varios cortos diferentes, generalmente con el mismo contenido temático o que responde a diferentes versiones de un mismo tema. En la mayoría de las ocasiones cada episodio viene firmado por un director distinto, tal y como ocurría por ejemplo en Tokyo, una cinta de 2008 que se pudo disfrutar en el Festival de Sitges y que incluía pequeños trabajos de Leo Carax, Michael Gondry y Bong Joon-ho. Este último realizador aparece en un pequeño pero divertido cameo en uno de los pasajes de este Doomsday Book que ahora nos ocupa (se le puede ver tocando la guitarra en mitad de un noticiario de televisión). Y es que el cineasta que deslumbró con films como The Host o Memories of Murder no se ha querido perder la oportunidad de participar de alguna manera en una película que viene firmada por dos compañeros y a la vez colegas de profesión: Kim Jee-woon (quien escandalizara el año pasado a las plateas de medio mundo con su salvaje Encontré al Diablo) y que aquí se encarga de la narración central y Yim Pil-sung (Antarctic Journal, Hansel and Gretel), quien se ocupa de abrir y cerrar el film. Ambos nos ofrecen un estimulante ejercicio visual que se mueve entre el drama, la fantasía y la ciencia ficción, sazonado con algún pequeño escarceo humorístico que se cuela entre las rendijas de lo trascendental. De entrada no deja de ser curioso observar cómo Kim Jee-woon nos explica la historia menos virulenta y más metafísica del Omnibus. Es un giro radical en cuanto a estructura y contenidos que se agradece y aplaude desde un principio. Su suntuosa y muy seria puesta en escena en un monasterio budista donde se van a dirimir aspectos filosóficos de trascendencia supina para el futuro de la humanidad destaca por su serenidad y reposo. En este caso el tema de la auto-destrución se coloca en el contexto de los avances tecnológicos como un producto del esfuerzo humano y la imaginación. Después de haber asistido durante el primer corto a una auténtico arrebato de violencia colectiva y antes de observar impávidos cómo un meteorito va a finiquitar nuestra raza en el fragmento que concluye la obra, nos dejamos mecer por los numerosos silencios que procuran la vida contemplativa espiritual y por la suavidad y dulzura de las sentencias dictadas por el robot RU-4 al que muchos ven como la nueva reencarnación de Buda (Park Hae-il, el que fuera protagonista de Moss, se ha encargado de poner la tenue voz del androide). Este segundo capítulo es el que más controversia ha planteado entre la crítica especializada, ya que mientras unos alaban las semejanzas con las grandes obras de Asimov otros le achacan el exceso de perorata que no lleva a ninguna parte. Ni una cosa ni otra; se agradece la intención de que el espectador reflexione sobre cuestiones que siempre han importado, tipo: ¿de dónde venimos?, ¿quiénes somos?, pero también es cierto que uno tiene la sensación en algunos instantes de estar escuchando aquellos míticos (y místicos) discursos del marciano personaje televisivo llamado Carlos Jesús que nos hablaba de que vendrían trece millones de naves a invadirnos en el nombre de Ganímedes Cristofer.

En el primer capítulo, sin embargo, prima el desorden y la confusión. La trama se inicia de manera harto prometedora, con una historia de chico nerd conoce a chica guapa de la que se enamora hasta que se citan en un restaurante. Allí probarán unas delicias de carne que les sentarán como una patada en los cataplines y se iniciará un contagio vírico masivo en el que los comensales se convertirán por arte del maquillaje y del alimento putrefacto mal reciclado en unos voraces zombis que se zamparán al que pillen por el camino, en un apocalipsis zombi bastante peatonal. El mismo caos que se adueña de la población parece afectar al guionista, que no sabe por dónde dirigir el desarrollo de la historia que acaba deslabazada y con mensaje bíblico incluído. El úlimo episodio es quizás el más desinhibido y surrealista de todos (con telediario tronchante incluído), sobretodo por la presencia de esa bola de billar con el número ocho (el director comentó en una entrevista que eligió la bola con ese número porque si se mira lateralmente corresponde al símbolo del infinito) que acabará por destruir de manera tan bizarra nuestro planeta. Este episodio, servido como un postre ligero tras un ágape bastante copioso, funciona como un digno cierre para este homenaje al apogeo apocalíptico que es este ‘Libro del Juicio Final’.

En definitiva, estamos ante una propuesta tan original en su planteamiento (aunque el proyecto date de 2006 y se tuviera que detener cinco años por problemas de financiación) como ambigua en sus resultados. Auguro que no será muy bien recibida pero sí muy comentada, porque es de esas películas que como mínimo plantean una serie de cuestiones a debatir.

Lo mejor: La dirección artística y los efectos visuales.

Lo peor: Como suele ocurrir en este tipo de films, el resultado es un tanto desequilibrado.

Por nuestro colaborador Francisco Nieto

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