Premiere. Viaje a Nara: Volver a las raíces

Quienes descubrieran (y se entusiasmaran) a Naomi Kawase con Una pastelería en Tokio o, incluso, con Aguas tranquilas, y pensaran que tenían ya un nuevo referente asiático al que “seguir”, no quedarán muy satisfechos cuando visionen este, su nuevo trabajo Viaje a Nara o Vision. En cambio, los que conocíamos los trabajos anteriores de la directora (tanto en su vertiente de ficción como en el documental), no nos extraña en absoluto su nuevo film, sino, todo lo contrario, nos congratula y celebramos el reencontrarnos con la “auténtica” esencia de Kawase.

Diríamos que la única concesión que ha hecho la realizadora de cara a la generalista galería en este su nuevo film, ha sido la de introducir y trabajar con un rostro de sobras conocido por el gran público, el de Juliette Binoche, que se muestra más que bella protagonista de esta historia de reconciliación con el pasado y con uno mismo: la historia de una ensayista francesa que en su juventud tuvo lazos con la población de Nara y que retorna muchos años después en busca de una planta llamada “visión” que dicen quita el dolor del mundo; de nuevo en plena naturaleza, nuestra protagonista hará las paces con un pasado traumático, descubrirá su presente (la expresión tan cotizada en estos tiempos del “aquí y ahora”), y vislumbrará un esperanzador futuro.

Lo que unos tildan en Viaje a Nara de pomposa extravagancia, lo reformulamos otros como una hermosísima metáfora acerca del dolor, la pérdida, el tiempo y el amor. Donde unos perciben como soporífero y aburrido ritmo, otros conectamos directamente con el “zen” y la contemplación poética… Viaje a Nara no es una sencilla narración lineal, sino que tiene muchas capas. Es, principalmente, un viaje emocional, y si pretende ser vista desde una mirada o lectura convencional, el “viaje” que nos presenta Kawase se verá completamente mermado.

Porque Viaje a Nara propone una experiencia sensorial (visual y sonora) distinta que conecta directamente, por poco que te dejes llevar, con nuestros sentimientos más profundos: con nuestros recuerdos más dolorosos y a la vez más reconfortantes, con nuestros miedos, con nuestros fracasos… Naomi Kawase nos hace de guías a través de una ruta por sus escenarios favoritos y queridos, y por las creencias más arraigadas en ella: el sintoísmo japonés que conecta el ser humano directamente con la naturaleza y el respeto a sus deidades y sus espíritus, junto también con un animismo naturalista de veneración de los antepasados. En todos estos aspectos, además de en el uso, en determinados momentos de la película, de la técnica documental, nos recuerdan a la directora de trabajos como Suzaku (1997), Shara (2003) o El bosque del luto (2007), incluso de ciertos trabajos suyos en el terrero documental.

En definitiva, una bellísima fábula de reconciliación, perdón y amor, más sensorial que pragmática, más emocional que racional y que no es apta para un consumo generalista (a no ser que simplemente te dejes llevar sin más).

Viaje a Nara es tan hermosa como críptica, tan poética como metafísica… Lo primero, gustará a todos, lo segundo echará para atrás a más de uno. Con una servidora, en este sentido, Kawase tiene todas las de ganar.

Por Gloria Fernández

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