Premiere «El huevo del dinosaurio»: La estepa mongola y el ciclo de la vida

Hoy viernes 14 de febrero llega a España El huevo de dinosaurio, la última película de uno de los grandes olvidados del cine chino contemporáneo: Wang Quan’an. Han pasado nueve años desde su última obra, la épica White Deer Plain (2011). Nueve años de desmotivación profesional, que acabaron cuando supo que Dieter Kosslick, histórico director del Festival de Berlín, se jubilaba. El huevo del dinosaurio es su “regalo de despedida” para Dieter, la persona que le dio el Oso de Oro por La boda de Tuya en 2006, director de un Festival al que Wang Quan’an le debe gran parte de su reconocimiento y éxito internacional.

La película se inicia al más puro estilo David Lynch, con los focos de una camioneta abriéndose paso en la oscuridad absoluta de la estepa. El descubrimiento de un cadáver en la inmensidad del desierto mongol podría parecer el inicio de un thriller policial, pero para Wang Quan’an es tan sólo una excusa. Este planteamiento inicial en seguida queda en un segundo plano y conocemos a la que será la protagonista, una pastora a la que llaman “Dinosaurio”. Wang Quan’an trabaja, como siempre, con una protagonista femenina y sin actores profesionales. Aun así, no hay ninguno que desentone -algo que sí ocurre en alguna de sus obras- y especialmente Dulamjav Enkhtavian, la protagonista, cumple con creces en el que es el papel más difícil y con mayor peso de toda la película. «Dinosaurio», como ocurre en todas las películas del director, deberá elegir entre dos hombres: la juventud y pasión del joven policía inexperto, o la confianza y madurez de otro pastor, amigos desde la infancia y amantes ocasionales. El director no nos lo pone fácil, no hay un hilo narrativo como tal, lo que nos presenta son retazos de la vida de una comunidad en extinción, fragmentos de vida que el espectador debe unir e interpretar.

Wang Quan’an y Aymeric Pilarski, un joven director de fotografía con el que no había trabajado anteriormente, consiguen capturar a la perfección la inmensidad inabarcable del desierto mongol. Su vacío es básicamente un personaje más. Con tomas largas y pocos cortes, sentimos el constante peso del desierto sobre nosotros. Sentimos la soledad de los personajes, a menudo objetos insignificantes ante la eternidad del cielo y de la estepa. Pocas películas consiguen que las enormes distancias se sientan tan reales. Además, Wang Quan’an le da al lugar cierta majestuosidad, que contrasta con la habitual visión del desierto como un espacio desolador, sin vida. En este sentido, la película recuerda más a Sorgo rojo (1987) o Tierra amarilla (1984) que no a los filmes de sus contemporáneos. Wang Quan’an es, en cierto modo, el puente entre dos generaciones enfrentadas. Por un lado, su regreso a lo rural y la obsesión por la belleza natural lo acercan a Zhang Yimou o Chen Kaige, pero a su vez y al igual que sus coetáneos, no rehuye de la crítica a la contemporaneidad. Sus películas siempre se fijan en la actualidad, nunca hay una mirada hacia el pasado, sino todo lo contrario, miran hacia un futuro incierto y fatal.

En El huevo del dinosaurio, esa inmanente naturaleza se opone a las pasiones y deseos de los seres humanos. Creemos estar por encima de la naturaleza, intentamos dominarla, pero mientras que nuestra existencia es caduca, la naturaleza es eterna. Del mismo modo que de los dinosaurios, criaturas majestuosas que dominaron el mundo durante millones de años, ya sólo quedan sus fósiles, a los seres humanos nos espera el mismo destino inevitable.

En definitiva, El huevo del dinosaurio es una propuesta única, que usa una premisa típica del thriller pero que evoluciona hacia una reflexión sobre el amor, la juventud y nuestro lugar en el mundo. Una experiencia única que no podéis perderos en pantalla grande.

Un texto de Josep Santcristòfol

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