Mamoru Hosoda: uno de los grandes referentes de la animación japonesa

La animación japonesa es una de las puntas de lanza de la industria cinematográfica japonesa. Cada semana podemos encontrar algún nuevo estreno animado en la cartelera nipona, y entre las películas más vistas de cada semana no faltan algunos títulos anime. Japón entiende la animación como una parte más de su cultura, y una parte importante, no solo como algo que usamos para que los niños estén quietos durante veinte minutos, sino como un medio narrativo más que asimilado por la sociedad. Ese fondo cultural hace que florezcan creadores como el director Mamoru Hosoda, que se ha convertido por méritos propios en uno de los grandes creadores del cine japonés, cautivando al público de Japón y de occidente con sus historias cercanas y cálidas, a pesar de estar llenas de fantasía. ¿Cómo se ha convertido un chico de un pequeño pueblo de las montañas en uno de los directores japoneses en activo más importantes? Aprovechamos el estreno en cines de su nuevo film, Mirai, mi hermana pequeña, el próximo día 15 de marzo, para contároslo.

La animación como el camino elegido. Aprendiendo en la mejor escuela.

Nacido y criado en la pequeña ciudad de Kamiichi en la provincia de Toyama, el joven Mamoru Hosoda tuvo muy claro que quería dedicarse a la animación desde que siendo pequeño su madre le llevó a ver El castillo de Cagliostro de Hayao Miyazaki. Nada más acabar la secundaria intentó cumplir su sueño y entrar a trabajar en Studio Ghibli, pero fue rechazado a través de una carta que Hosoda conserva como uno de sus grandes tesoros, en la que el propio Miyazaki le instaba a perseverar en la animación a pesar de la negativa. Así comenzó a trabajar desde abajo en Toei Animation, una de las productoras más importantes dentro del mundo de la animación, con lo que pudo pasear sus lápices por franquicias tan conocidas como Slam Dunk, Dragon Ball o Sailor Moon. Poco a poco fue escalando posiciones y gracias a su ímpetu y sus ganas, pudo comenzar a dirigir episodios de algunas de estas series, y de aquí a dirigir el que sería su primer film para la recién nacida franquicia Digimon, basada en una mascota virtual de Bandai, que se expandiría por televisión, cine y videojuegos. Digimon Adventure y Digimon: Our World, cada una de ellas de 40 minutos de duración, fueron un éxito inmediato tanto en Japón como en Estados Unidos y Europa, llegando a estrenarse en cines es España un montaje especial de los dos títulos de Hosoda y un tercer film de la franquicia que elevaba el minutaje hasta los 90 de rigor.

Seguiría con su trabajo en diferentes series de televisión en Toei, tardando cinco años en volver a estrenar en cines a través de otra gran franquicia como One Piece, dirigiendo el sexto film de la saga de piratas. One Piece: Baron Omatsuri and the Secret Island tiene un diseño de personajes muy cercano al estilo de Hosoda, algo que no acabó de cuajar entre los aficionados, así como el cambio dentro del propio film, que comienza como una aventura más del grupo de protagonistas habituales en una nueva isla, pero que poco a poco se oscurece hasta convertirse en toda una pesadilla. La historia recalca la amistad y la lealtad, pero ese tono demasiado serio de la parte final descolocó a muchos seguidores.

Entre los dos films Hosoda tuvo una experiencia que cambió para siempre su destino. En lo que podría ser el cumplimiento de su sueño, fue contactado por Ghibli para encargarse de la realización de El castillo ambulante, pero un exceso de confianza y la falta de comunicación hizo que el director fuera despedido ante las dificultades para sacar adelante el guion y las diferencias de criterio en los diseños que comenzó a mostrar al productor. Quién sabe qué habría pasado si el director hubiera terminado realizando el film, y si hubiera seguido en Ghibli… pero no fue así, y de hecho el director pensó en dejar la animación. Con su proceso de aprendizaje en Toei agotado, sin oportunidad de crear sus propias historias, el refugio lo terminaría encontrando en otro estudio de animación, Madhouse, donde pasaría los siguientes años marcando el presente y el futuro de su carrera, que fructificó desde su primer título.

La chica que saltaba en el tiempo. El primer cruce de caminos.

Por alguna razón La chica que saltaba a través del tiempo es habitualmente considerada como la primera película de Mamoru Hosoda y si bien es cierto que es su primer film fuera de las franquicias de Toei y un film mucho más personal, no deja de adaptar una de las novelas más populares entre los adolescentes japoneses. Un trabajo de  encargo de Madhouse que Hosoda tomó de muy buen grado en el que seguimos a Makoto , una estudiante de instituto que adquiere por casualidad la habilidad de poder realizar pequeños viajes en el tiempo, algo que aprovecha para volver disfrutar de los pequeños y buenos momentos del día con sus amigos o evitar suspender un examen. Esa habilidad traerá sus consecuencias para otros y para ella misma, y aunque intentará arreglarlo, pronto descubrirá que el número de viajes disponibles se están agotando.

Hosoda cambió no pocas cosas dentro de la historia original del escritor Yasukata Tsutsui (de quien Satoshi Kon adaptó Paprika) que ya tuvo en el 83 una versión en imagen real,  pudiendo encontrar en el film algunas de las claves que veremos más adelante en las siguientes películas del director como el cruce de caminos continuo que supone la vida, aquí reflejado en las indecisiones de Makoto tanto en su futuro académico como en el romántico, el uso de la fantasía como catalizador de la historia o ese costumbrismo con el que sumergirnos en los personajes.  A pesar de su estreno reducido el éxito fue muy rápido, llevando al film a pasearse por festivales internacionales como el de Sitges, donde se llevó el premio al mejor film de animación. Otra de las consecuencias del éxito del film fue que la actriz que ponía voz a la protagonista, Riisa Naka, no tardó en protagonizar una nueva adaptación en imagen real de la novela original.

Summer Wars. Diferentes realidades, mismo destino.

Si Hosoda tomó parte de la personalidad de Makoto y su manera de utilizar los viajes en el tiempo del episodio que años atrás dirigió de una serie de Magical Girls de la Toei, Ojamajo Doremi, para su siguiente film, Summer Wars, quiso expandir lo que los 40 minutos de rigor de Digimon: Our World no le permitieron poner en pantalla. Tradición y modernidad, costumbrismo y ciencia ficción, un pequeño pueblo en la montaña y un mundo virtual. Summer Wars es una película de dualidades enfrentadas que se mueve con humor y emoción tanto en territorios cercanos al Kore-eda de Still Walking como a la pesadilla tecnológica de Juegos de guerra. El viaje de un joven a la reunión familiar de la chica más popular de clase se transformará en una lucha en Oz, un mundo virtual en el que la sociedad se apoya cada vez más, cuando las acciones de un virus infiltrado pongan en peligro al mundo real.

Hosoda lleva a la pantalla una absoluta maravilla en el apartado visual, con la animación tradicional cálida y cercana que vemos en la parte desarrollada en el mundo real del film, y la animación digital para un mundo virtual en el que internet se convierte en un espacio físico con consecuencias reales, tomando tanto del propio Digimon como de los diseños Superflat del artista Takashi Murakami, con el que el director colaboró en un proyecto publicitario.

Las conexiones entre los personajes, las historias y las personalidades de los personajes de la filmografía del director no son pocas, y aquí por ejemplo encontramos una joven muy cercana a la Makoto de La chica que saltaba en el tiempo, o una relación maestro/alumno parecida a la que veremos en su más reciente trabajo, El niño y la bestia. Otro aspecto importante es la influencia de la propia vida personal del director a la hora de escribir sus guiones. En Summer Wars, su primer trabajo original, la enfermedad y muerte de su madre fueron decisivas a la hora de encarar el proyecto, y se refleja en el personaje de la abuela del clan protagonista; cuando tuvo que preparar su siguiente film, la influencia sería su próxima paternidad.

Wolf Children. Naturaleza humana y animal.

Si el éxito de La chica que saltaba en el tiempo le consiguió el crédito suficiente como para rodar un film con guion original, con el éxito de Summer Wars el director decidió dejar Madhouse y crear su propio estudio de animación Chizu (o como se suele referir él mismo, “el estudio de animación más pequeño del mundo”), con el que afrontar su proyecto más arriesgado hasta la fecha: Wolf Children. Y es que una película familiar sobre como una madre viuda cría a sus dos hijos mitad humanos mitad lobo no parece el tema más comercial para un film de animación. Hana, la protagonista, se traslada al campo con sus dos pequeños donde comenzar de nuevo alejados de las miradas de la gente, encontrando en plena naturaleza el escenario perfecto para que sus hijos crezcan pudiendo decidir su camino como humanos, o como lobos.

Hosoda crea una historia sobre el cambio, el camino propio y la maternidad de una calidez y emoción sobrecogedoras, costumbrismo mágico capaz de encandilar no solo al público japonés, sino al de todo el planeta. El director nos deja buscar, y siempre se encuentra, el reflejo de la vida real dentro de sus historias fantásticas, en este caso tanto a través de una madre que se enfrenta a todos los obstáculos para sacar adelante a sus hijos y de los dos niños a los que vemos crecer y cambiar con esa dualidad interior, de nuevo en un cruce de caminos. A nivel formal el director da pasos de gigante, especialmente gracias a algunas transiciones magistrales en las que vemos avanzar los acontecimientos sin necesidad de diálogos.

Muchos vieron en ese mensaje ecologista y los bellísimos escenarios naturales el espíritu y la influencia de Ghibli, pero no se trata sino del deseo del director por quererla ambientar en un lugar parecido a donde él mismo creció. Esta es una pieza más en la obra del director, un carácter y autor propio que traslada a la pantalla de una manera u otra sus propias experiencias y recuerdos.

El niño y la bestia. El alumno convertido en maestro.

Parece que era inevitable que el siguiente proyecto de Mamoru Hosoda se desarrolle en mundos paralelos con hombres y bestias, como si fuera una suma de sus dos últimos trabajos. El niño y la bestia resulta un paso más en la evolución narrativa del director, aportando nuevas experiencias caminando por territorios que ya nos resultan familiares. La ausencia de la figura paterna no es una temática nueva para Mamoru Hosoda. Ya la había empleado como eje argumental de su anterior film, Wolf Children, donde una joven enamorada de un hombre mitad lobo, deberá educar a sus hijos sin la presencia del padre. Temáticas análogas que muchas veces tienen como origen la propia experiencia. El hecho de que Mamoru Hosoda esté casado y acabe de tener un hijo es motivo suficiente como para querer dedicar al pequeño una película (el director nos desvelaba en la entrevista que mantuvimos con él en San Sebastián que el protagonista de la película es un chico, a diferencia de lo que había sucedido hasta la fecha, porque finalmente el bebé que esperaba había resultado ser un niño).

La búsqueda de un modelo. El proceso de aprendizaje. La identidad y el respeto hacia lo diferente. El odio y la venganza. El ego y la nobleza. La fortaleza y la debilidad. Es raro que una película dé cabida a tantos temas y los aborde de una manera tan sensible y original. El niño y la bestia no es un espejismo de lo que puede dar la animación. Es el despertar de la animación. Una oportunidad que nos brinda el cine de creer que la animación no es sólo un género cinematográfico, sino que es cine en sí mismo.

Mirai, mi hermana pequeña: aprendiendo a ser padres y, sobre todo, hermanos

El nuevo y último trabajo hasta la fecha Mirai, mi hermana pequeña encaja perfectamente con los anteriores trabajos de director, siguiendo esa línea cohesiva al tratar en este caso la fraternidad, aunque con algunos matices muy interesantes. Y es que para la que probablemente sea su película más madura, Hosoda ha decidido tomar como protagonista al personaje de menor edad de toda su filmografía, conectando mejor, por extraño que parezca, con el público más adulto.

La llegada de una pequeña a la familia que terminará por llamarse Mirai (futuro en japonés), le roba al otro pequeño de la casa, Ken, todas las atenciones tanto de su madre como de su padre. Después de no pocos lloros y reprimendas de parte de sus padres, el niño llega a odiar a su hermana bebé. ¿Logará Ken acepatar a su hermana…?

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