Los héroes de Gwangju (A Taxi Driver)

Llevar a la gran pantalla las tragedias históricas se ha convertido en un sinónimo de éxito comercial en Corea. “¡A los coreanos les gusta el melodrama!” decía la protagonista de la icónica My Sassy Girl, y razón no le faltaba, pero con un nuevo componente: si está basado en hechos reales, mejor que mejor. La llegada de Los héroes de Gwangju (A Taxi Driver) a los cines coreanos en agosto de 2017 guardaba sin embargo un componente simbólico muy especial para un pueblo que, apenas unos meses antes, había conseguido gracias a las reiteradas concentraciones semanales que la presidenta Park Geun-hye fuera revocada de su puesto tras los claros signos de corrupción. La película les recordaba el difícil camino hasta conseguir la democracia, volviendo a traer al recuerdo uno de los episodios más oscuros de la historia reciente del país, pero no de cualquier manera. El director Jang Hoon firma uno de las mejores películas de la cosecha coreana del año tomando como camino una de las muchas historias de ese mayo de 1980, la de un periodista alemán y un taxista de Seúl a través de cuyos ojos descubriremos el horror de la sangrienta masacre de Gwangju.  

Jang Hoon ya había dado muestras más que evidentes de su valentía a la hora de tratar la historia del país sin evitar la autocrítica con su excelente The Front Line, en la que veíamos la ambigüedad moral en el frente de la guerra de Corea, y la falta de escrúpulos de los mandos a la hora de tratar las vidas de sus soldados a la ligera. En este caso hace accesible al público joven, y también al internacional, la historia de las protestas estudiantiles que desembocaron en la respuesta a tiro limpio del ejército contra el propio pueblo al tomar el punto de vista de un extraño que llega a la ciudad, el reportero alemán Jürgen Hinzpeter, un enviado especial en Asia destinado en Tokio que viajó hasta Corea en busca de la noticia, después de escuchar rumores de que algo importante se estaba cociendo en un país que había sufrido un nuevo golpe de estado militar. Al llegar a Seúl toma los servicios de un taxista para que le acompañe en un viaje de ida y vuelta a Gwangju, una ciudad situada a un par de horas al sur, y poder volver a la capital antes del toque de queda. Al llegar descubrirá que la ciudad está sitiada por el ejército, y tras conseguir colarse a través de un camino de montaña descubrirá que las protestas en pos de la democracia tienen la respuesta represiva de la policía y del ejército, en una espiral de violencia que dejará numerosas víctimas. El reportero tomará la responsabilidad de conseguir sacar sus filmaciones y la noticia al mundo después de comprobar como los servicios secretos bloquean a los medios de comunicación, manipulando las informaciones.

Basada en una historia verídica, Los héroes de Gwangju se construye a través de la relación entre el periodista y el taxista, que comienza desde la distancia y las dificultades de comunicación al entenderse a través del inglés que chapurrea el coreano, así como de la diferencia de criterios a la hora de afrontar la situación que tienen enfrente; mientras el periodista quiere zambullirse en el peligro para captar las imágenes, el taxista solo piensa en conseguir salir de ese infierno y poder regresar a casa con su hija. La película es un viaje a una época, a un momento histórico que marcaría a esa generación como bien decía el director Lee Chang-dong al hablar de su Peppermint Candy, pero también es un viaje en el que enfrentarse a la realidad, el que tiene el personaje del taxista Kim Sa-bok como metáfora de la propia sociedad coreana, y que refleja de manera extraordinaria como es ya habitual el actor que le da vida, Song Kang-ho. Él es el gran protagonista del film, por encima del periodista alemán interpretado por un Thomas Krestchmann, con el que no acaba de funcionar la química. Mucho más cómodo se le ve en las escenas junto al líder de los taxistas de Gwangju, un colectivo que ayudó a los manifestantes tal como refleja el film, interpretado por el habitual secundario Yoo Hae-jin, y con el joven estudiante que le termina sirviendo de intérprete, al que da vida Ryu Joon-yeol.

Como es habitual en el cine coreano Los héroes de Gwangju (A Taxi Driver) utiliza la mezcla de géneros, comenzando por una comedia que roza en ocasiones al slapstick, al presentar a ese taxista que se desvive por la integridad de su coche, un tono ligero que se va disipando poco a poco según pasan los minutos y los personajes se dan de bruces con la represión policial. El drama de las víctimas, con escenas duras en los hospitales, el suspense con la entrada en juego de la policía secreta y la acción, a través de una trepidante persecución en las carreteras tampoco faltan en un cóctel que funciona con la precisión de un reloj suizo.  El director Jang Hoon consigue entretener y emocionar en un largometraje de claro componente educativo para las nuevas generaciones, y también para ese público internacional interesado en la cultura coreana.

Una crítica de Victor Muñoz

 

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