Jia Zhangke: la cabeza visible de la Sexta Generación de directores chinos

De su cine, una ventana a la China contemporánea, emana una infinita tristeza avalada por la encrucijada sociopolítica de una nación abierta a la globalización y al capital en el que los jóvenes no encuentran su sitio. El estreno en España de La ceniza es el blanco más puro (estrenada mundialmente el 11 de mayo de 2018 en el Festival de cine de Cannes) de la mano de Golem Distribución el viernes 31 de mayo, invita a dejarse seducir por una de las filmografías más apasionantes del nuevo cine chino.

A Jia Zhangke no le gusta Hero ni La Casa de las Dagas Voladoras, y en general recela del entreguismo industrial de Zhang Yimou y demás baluartes degradados de la Quinta Generación. Una dicotomía ésta inherente a las tensiones creativas existentes entre la vieja guardia pretoriana del cine chino, la generación Tiananmen, y los cachorros nihilistas de la Sexta Generación y del lobby underground que no sabe de manifiestos ni de insolencias colectivas. Individualista hasta el tuétano, como la inmensa mayoría de sus coétaneos, Jia es hijo putativo de su tiempo, de una China transicional, a imagen y semejanza de aquella otra China puente del Guomindang, de generaciones perdidas, que camina torcida con un pie en las páginas del libro rojo y otro en las arenas del capitalismo sin riendas, en el limbo de una modernidad cebada de contrastes y, por consiguiente, de agujeros negros. Una China bipolar ensimismada en la encrucijada de una metamorfosis socialmente traumática que se mofa de sí misma cuando vuelve la vista, que quiere presumir de cosmopolita pero que en el fondo todavía zozobra cuando saca pecho y su intensa raigambre rural le rebaja los humos. De esa tierra de nadie, a caballo entre dos sistemas, dos modelos de civilización y de estructuración social, en un colchón de hipocresías, paradojas y sueños rotos se nutre el director de The World, campesino emigrante en la gran urbe a mucha honra. En semejante contexto el relativismo, el individualismo feroz, la rebeldía apolítica y en cierta manera asocial, son inevitables. La desazón, la ruptura con el ADN nacionalista, el desencanto con unas señas de identidad crecientemente difusas y la colisión entre autoritarismo y liberalismo carroñero, entre la China de ayer y la de mañana, han dado a luz una intelectualidad retraída, encerrada en sí misma e incapaz de otear horizonte alguno más allá de las particulares circunstancias de cada cual.

Jia Zhanke es la materialización modélica de esa reclusión voluntaria en el propio universo que abanderan, sin orden ni concierto, todos los cineastas de la Sexta Generación y sus satélites, graduados en 1900 por la Academia de cine de Beijing. Nacido en Fenyang, una ciudad modesta de la provincia de Shanxi, Jia no reniega de sus raíces rurales, ni ahora ni cuando sus compañeros en la Academia de cine de Beijing le despreciaban por vulgar campesino, ni cuando la crítica cosmopolita denuncia el exacerbado localismo de su cine y la imagen presuntamente distorsionada que de la China ultramoderna dan sus pedazos de celuloide de una cámara de 16 mm. Un discurso esgrimido a la sombra de Pickpocket, Plattform y Unknown Pleasures, sus tres primeras obras ubicadas en su Fenyang natal, que quedó obsoleto con la puesta en pie de la película que le dio la llave del mainstream chino: The World, la primera incursión de Jia Zhangke en el overground después de siete años de tránsito clandestino por las tinieblas de la industria. A pesar de las disonancias con la Quinta Generación, más con sus dinámicas claudicantes que con sus principios fundacionales, el joven y prolífico cineasta chino puso el primer ladrillo tal como lo hicieron en su día Zhang Yimou o Chen Kaige, metiendo el hocico en las salas europeas de arte y ensayo, seduciendo a Occidente con un discurso cinematográfico decididamente europeísta, con una filosofía del encuadre de matriz neorrealista con mucho de Bresson o De Sica, un cine milagrosamente universalista a pesar del orgulloso autoctonismo de sus atmósferas.

Jia le debe mucho a la piratería. Su cine, hasta The World, fue sistemáticamente censurado por las autoridades competentes y vetada su exhibición en China, por eso es un cineasta del mundo, de la globalización, a pesar de que glose sus perversas consecuencias en los márgenes de sus películas. Paradigma de la independencia en un contexto en el que caminar de la mano de la industria pesada significa plegarse al rodillo devastador del partido, Jia Zhangke es indie por decreto, por impulso de subsistencia, no por vocación ácrata ni en virtud de ninguna pose autopromocional. Como casi todos sus colegas de generación su maldición es sacarse las castañas del fuego a sabiendas de su condición de maldito en su propia tierra. Festivales aparte el único cauce espinoso para dar salida nacional a sus portentosos poemas contemporáneos ha sido, salvo raras excepciones, el mercado clandestino destinado a voraces consumidores de cine off, las universidades y algún foro cerrado para amantes de los placeres prohibidos. Jia es un superviviente, un todoterreno que ha esculpido su currículum gracias a su funambulesca capacidad de adaptación: Pickpocket se filmó con cuatro perras gordas, una cámara de 16 mm y una tropa de actores no profesionales que no vieron un yuan por su concurso en el proyecto. El cineasta de Shanxi sabía bien a qué monstruo se enfrentaba: en China las producciones en semejante formato estaban vetadas, todo lo que no fuera 35 mm (un formato olvidado ya, tan solo quince años después) no tenía sitio en el circuito comercial. El líquido, muy escaso, llegó de Hong Kong y Zhangke hizo bueno aquel axioma que sugiere que no hay películas pequeñas, sólo cineastas pequeños. Siguió erre que erre caminando por la misma cuerda con el martillo censor en el cogote. Para su segundo proyecto, Platform, y gracias la excepcional acogida internacional de su ópera prima, obtuvo apoyo financiero de Francia y del mismísimo Takeshi Kitano, pero el mercado chino seguía cerrado a cal y canto. En su tercer proyecto, Unknown Pleasures, contó nuevamente con capital franco-japonés y, como novedad, dinero surcoreano.

Como la práctica totalidad de pilares de la Sexta Generación, Jia Zhangke depende, para poder subsistir, del aporte extranjero, o del capital privado, en términos de producción y de una exhibición global, con el trampolín de los festivales como único punto de apoyo, para rentabilizar el esfuerzo de sus habituales inversores. Con La ceniza es el blanco más puro, el cineasta echa la mirada atrás, a esas primeras producciones, y es capaz de sintetizar a lo largo de dos horas de metraje, su camino como director hasta la fecha, que le ha convertido en la cabeza visible de la Sexta Generación de directores chinos.

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