Japan Classic Collection: The Dry Lake (1960)

Ficha Técnica: Título original: Kawaita Mizûmi País: Japón Año: 1960 Director: Masahiro Shinoda Reparto: Shinichiro Mikami, Shima Iwashita, Hizuru Takachiho Género: Drama social Duración: 88 minutos

A principios de los años 60, la renovación del Tratado de Seguridad Americano-Nipón o “Anzen Hôsho Jôyaku” (más conocido por las siglas de ANPO) por  parte del gobierno, promovió un rechazo general hacia los Estados Unidos, rechazo justificado ya que la ampliación del contrato de no agresión incluía una cláusula que daba pie a que los americanos podían mantener sus tropas ad infinitum en la isla de Okinawa. Para el pueblo japonés esto suponía una amenaza del tratado de paz que como nación les obligaron a firmar cuando perdieron la 2ª Guerra Mundial. Los “zengakuren” (una federación de varias asociaciones estudiantiles de extrema izquierda) impulsan unas reivindicaciones nacionalistas entre institutos y universidades que se extienden a la clase obrera (sumándose así al descontento general propiciado por la sumisión gubernamental al poder estadounidense), desembocando en la histórica manifestación del 15 de Junio de ese mismo año delante de la Asamblea General. Manifestaciones que se alargarían durante casi una década de forma violenta, promovidas por un sector de la izquierda radical que se apartaba tendenciosamente de los movimientos políticos para dejarse querer por movimientos revolucionarios con una fuerte ideología marxista.

En este contexto convulso, en el que se forjó el primer terrorismo entendido como urbano en suelo nipón, se ubica una de las más controvertidas producciones de Masahiro Shinoda, rodada en sus años más guerrilleros: The Dry Lake, donde la polémica únicamente puede ser vista desde la mirada occidental, pues el protagonista es un rebelde sin futuro que decide continuar su lucha personal más allá del sindicato de estudiantes, y que idolatra a personajes tan dispares como Stalin, Hitler o Fidel Castro (o así se desprende de los posters y recortes de prensa que cuelgan de las paredes de su destartalada habitación). Por si fuera poco, su mente, en constante contradicción, se debate entre el “pijismo” de nueva cuña que ha aflorado en los barrios residenciales (conoce a una refinada chica que forma parte del sindicato, a la que pervierte y, además, uno sus mejores colegas es un niño de papá al que le pide dinero para poder llevar a cabo sus tentaciones terroristas) y ese libertinaje impostado precisamente de Estados Unidos, producto de la clase social a la que pertenece (su amante es una pandillera que sólo piensa en el sexo salvaje). Vamos, un nihilista cuyos ideales individualistas terminan por alejarlo de los ideales comunitarios por los que lucha su clase social (clase obrera o baja). Ideales para legar a las nuevas generaciones venideras un nuevo Japón libre de amenazas externas colonizadoras.

Aunque se pueda creer que Shinoda realiza en esta aventura urbana un filme de tendencia izquierdista (o “keiko eiga”, aunque como tal este género se marchitó a finales de los años 30, todo reducto posterior se considera como menor), lo cierto es que aprovecha toda la agitación social para reconvertirla comercialmente en un guiño a favor de las masas revoloteadas mediante un entretenimiento de programa doble, en el que se intuye hacia qué nuevos horizontes vanguardistas se dirigía el cine nipón en esos momentos de incertidumbre política. Shinoda coquetea pues con la “nuberu bagu”, pero no debemos olvidar que The Dry Lake fue producida por la compañía Shôchiku, clásica entre las clásicas, y que lidiaba con el cine comercial para poder competir con sus máximas rivales (por ende la Toei, la Toho, la Nikkatsu y la Daiei). Por lo tanto, y a pesar de que el guión venga firmado por Shûji Terayama (uno de los máximos representantes del vanguardismo freak de esos años), el cineasta nunca se posiciona ni política ni intelectualmente (como sí hicieron compañeros y amigos de profesión como Nagisa Oshima, que ese mismo año rodaría su particular visión sobre el fracaso de dichos movimientos en Noche y Niebla en Japón; o Koji Wakamatsu, guerrillero donde los haya, que se atrevió a rodar esa violencia sindicalista y estudiantil en forma de docudramas tamizados por el “pinku eiga” más demencial). Hay que ponerse también en la piel de Shinoda, pues este filme de encargo fue su segunda experiencia detrás de las cámaras (aunque algunos lo consideran su sexto largometraje porque a pesar de estar rodada en 1960, no se estrenó hasta el 25 de Julio de 1961). Lo que para algunos eran síntomas de renovación en una cinematográfica que vivía por y para sus realizadores consagrados (léase Kurosawa, Ozu, Naruse o Mizoguchi), para otros no dejaba de ser un mercenario más puesto al servicio de un estudio obsesionado en llenar esos céntricos cines de una sola sala que majestuosamente se imponían en las grandes ciudades (a diferencia por ejemplo de otros estudios, que poco a poco prefirieron buscar el éxito inmediato en pequeñas salas de barrios periféricos con suculentos programas dobles, y aquí entra en juego el cinema bis de la Shin Toho o las “roman porno” de la Nikkatsu). Shinoda se encontraba a medio camino de la senda, y aún debía madurar profesionalmente, pero esta anárquica historia de jóvenes rebeldes le sirvió de entrenamiento para luego firmar ambiciosas “yakuza-eiga”, algunas “jidai-geki” de gran valor artístico (por ejemplo Double Suicide) y alguna que otra chuminada más de serie B. Además, es un tipo de producto que vuelve a constatar la enorme influencia que ejerció Rebelde sin Causa (1955) entre esa generación de cineastas contestatarios: el filme de Nicholas Ray se estrenaba un 18 de Abril de 1956 en el archipiélago nipón de forma exitosa, y sin duda alguna, fue tomada como modelo por muchos cineastas autóctonos que querían expresar su desacuerdo con los valores tradicionales, además de reivindicar nuevos planteamientos cinematográficos alejados del clasicismo imperante en la época dorada del cine japonés (sin ir más lejos Wakamatsu siempre ha manifestado su devoción por James Dean, tal y como se puede comprobar en la creación conceptual de muchos de sus antihéroes). Precisamente, el personaje que interpreta el actor Shinichirô Mikami (que luego aparecería en un rol secundario en Pale Flower, obra clave del cine yakuza de los 60 rodada por el propio Shinoda) también bebe de ese Dean estereotipado por una generación descontenta con el sistema, pero su carácter violento, rudo, sin orientación emocional, también nos recuerda al de esos chicos de comportamiento infantil que aparecían en las “taiyozoku” (razas del sol), ese efímero subgénero literario y cinematográfico que impulsó el facha Shintaro Ishihara (actualmente gobernador de Tokio) en la novela Taiyô No Kisetsu (La Estación del Sol).

En definitiva, un cúmulo de influencias tumultuosas para construir una trama algo confusa, con unos personajes deliberadamente ofuscados por ese período turbulento que les ha tocado vivir y que viene acompañada siempre por una atípica banda sonora de Tôru Takemitsu (muy influenciada por el jazz y el swing, abandonando así sus ya clásicos leit motiv juguetones, cuyas breves variaciones instrumentales eran el signo idiosincrásico de sus composiciones). Un filme que puede reinterpretarse según el color político con el que nos identifiquemos, pero que seguramente nunca ha sido visto con buenos ojos por algunos representantes políticos nipones (como tampoco lo fueron las seudo-eróticas empanadillas mentales de Wakamatsu, la defensa cinematográfica que hizo Sogo Ishii del movimiento punk en los 80 o la denuncia de corrupción policial en Confessions of a Dog). Por suerte se ha conservado hasta nuestros días y nos permite revivir esa agitación social que medio siglo más tarde parece que vuelve a aflorar al vernos atrapados en una sociedad que, cada vez más, vulnera los derechos de los más desfavorecidos. El lago, lejos de secarse, ha ido acrecentando su volumen cúbico con los años, igual que ese descontento social hacia todo lo políticamente correcto.

Lo mejor: la sensación de anarquía que reina en muchos momentos del filme.

Lo peor: un final algo precipitado y la poca definición de muchos personajes secundarios.

Valoración: 7/10

Por nuestro colaborador Eduard Terrades Vicens

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