In memoriam: Kaneto Shindô

A pesar de su dilatada carrera cinematográfica, que principalmente combinó entre la dirección y la confección de libretos para otros cineastas, Kaneto Shindô no tuvo el merecido reconocimiento que se merecía en Occidente. En general, su obra es menos conocida y apreciada que la de muchos de sus compatriotas que, sea por el beneplácito que en los años 50 tuvieron en festivales internacionales, sea porque fueron respaldadas por los círculos de “art house” de la época, tuvieron el soporte intelectual de un público que se sentía seducido por el exotismo de una cinematografía lejana. Shindô es de la misma generación de Akira Kurosawa, pero a diferencia de éste, si preguntásemos a un profano en cine oriental por la filmografía de Shindô, es muy probable que sólo pueda mencionar sus tres producciones emblemáticas: La Isla Desnuda (1960), Onibaba (1964) y Kuroneko (1968), tres obras maestras incontestables que permanecen en la memoria colectiva de esa cinefilia asiática. En parte, esto es así por la dificultad de conseguir buena parte de sus producciones en un idioma comprensible, ya que la gran mayoría nunca ha sido editada fuera del archipiélago japonés.

Lo cierto es que la existencia de este cineasta se remonta a la segunda década del pasado siglo. Nació en 1912 en un pueblo cercano a Hiroshima y su propia familia padeció las consecuencias de la radioactividad provocada por el lanzamiento de la primera bomba atómica a finales de la II GuerraMundial; es por este motivo que en su tercer largometraje, Children of Hiroshima, relató los horrores de aquellos fatídicos días a través de la mirada inocente de varios chavales. Mucho antes de ello empezó como decorador en la Shôchiku y rápidamente colaboró en las mismas labores en los filmes de Kenji Mizoguchi, que durante la década de los 40 fue su mentor (y al que le dedicó un documental en 1975, tributando así su muerte que le afectó profundamente). En 1951 debuta como realizador en Aisai Monogatari (Historia de Amor de mi Esposa), que como bien indica su título fue un canto de amor a su mujer fallecida, interpretada por la que sería su musa de aquí en adelante: Nobuko Otowa, que en cierto modo ejercía como mano derecha del director y prueba de ello es que a la larga acabó sucumbiendo a sus insinuaciones amorosas. A partir de ese momento fundó su propia compañía,la Kindai Eiga Kyôkai, activa durante una década hasta que tuvo que regestionar su capital por problemas financieros.

Firmó guiones para Kon Ichikawa (como por ejemplo Kokoro, que asimismo adaptaba una de las mejores novelas de Natsume Sôseki, escritor de la Restauración Meiji que se dedicó a desmenuzar todos los aspectos socioeconómicos y culturales de esa era de apertura al exterior), Tadashi Imai (que nació en el mismo año que él, pero en Shibuya), o Keisuke Kinoshita. También se acercó a la cultura “pulp” a través de una historieta que ideó para el espadachín ciego más querido por las generaciones venideras: Zatoichi – The Blind Swordsman’s Pilgrimage (Kazuo Ikehiro, 1966). E incluso se atrevió con la puesta escenográfica y el diseño artístico de algunos de los títulos más controvertidos de la época: Kurotokage (1962), adaptación del famoso ladrón de joyas andrógino creado por Ranpo Edogawa, más conocida por Black Lizard (no confundir con la misma adaptación que hizo Fukasaku).

Shindô era un apasionado del Séptimo Arte y su maestría, más allá de los bellos encuadres que solía aplicar casi de forma obsesiva en sus propios proyectos, recaía en la facilidad que tenía para desarrollar conceptualmente a los personajes que debían hacer acto de presencia en un filme. Era un detallista, cuidando los aspectos más irrelevantes del carácter de un personaje principal. Hasta podría decirse que dentro de su faceta más sociológica, al haber vivido todos los cambios que se produjeron en la sociedad japonesa desde finales de la Segunda Guerra Mundial hasta las acaballas del siglo XX, fue el cineasta de su generación que mejor supo integrar esas permutas sociales en el nuevo cine contemporáneo, mostrando los nuevos tiempos a través de producciones que pertenecen al “gendai geki” y que respetan el clasicismo formal del género (algo que también se aprecia en el cine costumbrista que década tras década ha ido rodando Yoji Yamada). En su última etapa como cineasta, es decir, todos esos filmes que rodó desde mediados de los años 90 hasta su muerte, condensó esa evolución irreversible que ha sufrido su pueblo mediante una serie de largometrajes sencillos, en los que recalcó esa figura de la veteranía a través de personajes que han superado la tercera edad con optimismo; experiencias personales que él mismo transmitía a sus actores.

Postcard (2010) fue su último aliento tras la cámara: un drama posbélico con señas pacifistas, producido por su propio hijo (Jirô Shindô) e interpretado por el gran Etsushi Toyokawa en el papel de un soldado que debe entregar una misiva a la esposa de su mejor amigo. Una despedida fílmica que incluso llegó a ser presentada porla Academia Japonesa para competir en la disputada preselección que cada año tiene lugar en la carrera hacia los Oscar.

Shindô nos abandonaba el pasado 29 de Mayo en su residencia tokiota con cien años a sus espaldas, 49 filmes rodados, más de 230 guiones y una condecoración otorgada porla Orden Imperial dela Cultura Nacional. Tal vez ahora también terminará su ostracismo fílmico, aunque los que han luchado por demostrar que su desprejuiciada visión de la vida humana a través del cine es tan trascendental como para considerarlo un autor en mayúsculas, ya hace tiempo que se han dedicado a preservar y difundir su obra como es debido. Descanse en paz maestro.

Las cinco joyas de Shindô que no puedes perderte:

-LA ISLA DESNUDA (1961)

“Nací en la Costa del Mar de Seto, al Este de Japón, en el seno de una familia de campesinos. Muchas veces he pensado en hablar sobre la dura vida de este estamento pero nunca he encontrado las palabras adecuadas para hacerlo”.

Son declaraciones extraídas de los extras de la edición en dvd española en las que Shindô se justifica ante una obra monumental y ciertamente experimental, que podría definirse como de neorrealista bucólica. En ella no hay diálogos, sólo unas leves notas musicales que, junto a los efectos de sonidos ambientales, acompañan la vida cotidiana de una familia que vive en un inhóspito paisaje rural junto con sus dos hijos y que, a pesar de las durísimas condiciones en las que se ven envueltos, sobretodo a consecuencia de factores climatológicos con los que no pueden luchar, viven con tranquilidad su situación de pobreza.

ONIBABA (1964)

“Esta historia, basada en una antigua leyenda, sobre guerras y tragedias, muestra el aspecto primitivo que se halla debajo de la civilización”.

Así rezan los títulos de crédito de uno de los grandes títulos clásicos dela Edadde Oro del cine japonés, cuyos toques fantasmagóricos bien pueden introducir, a los no iniciados, al género del “kaidan eiga”. El egoísmo de una madre hacia su nuera, después de que su hijo haya caído en combate, pretendiendo evitar que se aleje de su lado, le sirve al espectador para ser testigo de un cuento macabro en que la figura del “Oni” (demonio del infierno budista representado por la clásica máscara de “hanya” con cuernos) se apodera del alma de esa mujer posesiva. Puede que sea además la mejor manera de revivir las miserias que desde tiempos inmemoriales sufrían los campesinos en períodos de largas contiendas bélicas: sólo observando su forma de vivir, sus precarias viviendas, sus redundantes hábitos alimenticios o su concepción tan cerrada de la vida, nos podemos hacer una ligera idea de las duras condiciones a las que se enfrentaban para sobrevivir.

KURONEKO (1968)

“El sexo que tengo en mente no es el sexo que se ha disfrutado a puerta cerrada. Mi idea del sexo no es sino la expresión de la vitalidad del hombre, su necesidad para la supervivencia”.

Esta disertación que se recoge en la entrevista efectuada por Doug Cummings en el libreto de la edición inglesa en dvd de la película, viene a descifrar el erotismo que Shindô quiso imprimir en su obra maestra: un “kaidan-eiga” bañado por ese “jidai-geki” que abandona la oficialidad de los acontecimientos históricos para sumergirse en un mundo de fantasía heroica. Película de culto donde las haya, el director se aprovechó de la vieja superchería del gato fantasma que después de lamer la sangre de su ama se transforma en todo un monstruo de aspecto gigantesco (“bake-neko” o “neko-mata” según la longitud de su cola), para dar una mayor profundidad espiritual a este cuento romántico que se apoya de una ilusoria fotografía en blanco y negro y una majestuosa banda sonora (compuesta por Hikaru Hayashi, que curiosamente también nos abandonó a principios de año). Ubicada en el período de guerras conocido como Sengoku (1467-1568), una mujer (Otowa ‘again’) y su hija son violadas y asesinadas en extrañas circunstancias por varios soldados; al cabo de un tiempo el lugar queda maldito y cada vez que un samurai osa poner los pies allí, como si lo estuviera profanando, muere de forma violenta. Gintoki (Kichiemon Nakamura), un valiente samurai que no cree en fantasmas, acude al bosque para desentrañar el misterio, encontrándose una casa de bambú en la que habitan unas libidinosas mujeres de aspecto fantasmal: mujeres recelosas que asesinan por el placer de la sangre. Para poder entender la evolución que ha sufrido el género terrorífico en Japón, desde que Nobuo Nakagawa se anticipara desde mediados de los 50, resucitando los viejos cuentos de fantasmas de tradición oral, hasta el nuevo fenómeno contemporáneo impulsado por Ringu, resulta imprescindible visionar Kuroneko, ya que en ella se recoge toda la solemnidad del tradicionalismo folklórico fantástico nipón. Tal vez la obra más importante de su carrera.

HACHIKO MONOGATARI (1987)

Aunque la traslación fílmica no fuera nada del otro mundo, sí que es uno de los relatos que más huella han dejado en la cultura popular nipona, hasta el punto de traspasar fronteras y barreras idiomáticas, tal y como demostró el más que aceptable remake de homónimo nombre que firmó Lasse Hallström con Richard Gere como protagonista (aunque por mucho que se esfuerce no supera a Tetsuya Nakadai en la original). Cada 8 de Abril, delante de la estatua colocada en la plaza central de Shibuya, situada frente a la estación central, se conmemora a Hachikô: el famoso perro de raza akita que cada día acompañaba a su dueño (un profesor de agricultura de la prestigiosa Universidad Central de Tokio) a la estación por las mañanas, y lo esperaba cuando regresaba de su jornada laboral. En realidad, lo que hacen los nipones es adorar a la segunda estatua de bronce que se construyó, pues la original fue construida en 1934, un año antes de que el animal feneciera, pero fue fundida durante la II G.M. para poder fabricar armamento militar. Shindô partió de este verídico acto de fidelidad para escribir un emotivo guión que fue rodado con cierta pereza por Seijiro Koyama, siguiendo de forma lineal la historia sin grandes contrapuntos. A pesar de que seguramente Shindô hubiera mantenido la misma narración, muy probablemente le hubiera dado una brillantez formal en el aspecto visual, y es precisamente lo que este drama/biopic necesitaba para poder llegar con mayor amplitud emocional al corazón del espectador. Aún así, el agonizante desenlace provoca el empapamiento de nuestras retinas. Fue la primera adaptación de esta trágica historia y durante mucho tiempo fue la producción más taquillera en toda la historia del cine japonés.

A LAST NOTE / LE TESTAMENT DU SOIR (1995)

“La mente del hombre que envejece demacrado se vuelve clara; la experiencia que ha acumulado brilla. ¿Envejecer tiene un significado? No, realmente no. Las personas mayores han vivido reconociendo su coraje”.

Declaraciones del propio Shindô recogidas en el libreto de la edición francesa del dvd de Le Testament du Soir, una desconocidísima producción suya en la que explora algunas de las preocupaciones que rondan por la cabeza de ese demográfico que ha superado tranquilamente la edad de la jubilación con pleno júbilo, y que por su temática emocionará a las personas de la tercera edad. Yoko Morimoto (Haruko Sugimura) es una respetada y veterana actriz que durante unas semanas decide refugiarse en su apartamento de campo, acompañada de su sirvienta, la hija de ésta y de un matrimonio con el que comparte amistad y que además han cultivado el arte dramático durante toda su vida profesional. Los días van transcurriendo mientras disertan sobre cómo afecta a sus vidas el peso de los años, recordando viejas actuaciones teatrales en las que participaron y emocionándose con pequeños momentos banales de cotidianeidad. Podría ser que Hirokazu Kore-eda se inspirara en ella para concebir Still Walking (2008), pues en esa deconstructiva visión fílmica de una familia contemporánea, los protagonistas también huyen de sus hogares para disertar sobre la importancia del paso del tiempo, siendo en este caso el núcleo familiar lo que les une a pesar de las distancias. Cabe decir que se llevó varios reconocimientos, siendo los que tienen más peso los otorgados ese mismo año por la Academia de Cine Japonesa (mejor filme, mejor dirección, mejor puesta en escena y mejor actriz de reparto para Nobuko Otowa, que falleció unos meses después de finalizar el rodaje y a la que el realizador le dedica esta película sobre la vejez).

Web recomendada: 100 Years of Kaneto Shindo

 Por nuestro colaborador Eduard Terrades Vicens

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