First Love: Amor en tiempos de guerra

No hace falta haber visto las más de 100 películas de Takashi Miike para saber que hay gato encerrado detrás de un título como First Love en una película con su firma. ¿El director de Audition vuelve a pasarse al romance, como hizo con aquel musical titulado For Love´s Sake? La respuesta es sí, aunque como es habitual, Miike esconde un doble fondo detrás de una historia de amor incipiente entre dos personajes en los márgenes de la sociedad, involucrados en una persecución en plena guerra de bandas de los bajos fondos de Tokio. Tras presentarse en los festivales de Cannes, San Sebastián y Sitges, la nueva locura de Miike se estrena comercialmente en nuestros cines, una anomalía que hay que agradecer a Barton Films, y es que con esta propuesta el director recupera el pulso que le convirtió en el nombre de culto por antonomasia del cine asiático en Occidente.

¿A quién se refiere exactamente ese «primer amor» del título? Por supuesto a mucho más que la historia que va a unir a Leo, un boxeador que ha recibido una terrible noticia más allá del KO que le dejó en la lona en su último combate, y Mónica, una joven adicta obligada a prostituirse para pagar las deudas que ha dejado su padre, quien se le presenta en unas temibles visiones. Ella se verá envuelta sin saberlo en una trama de traición en el seno del crimen organizado, convirtiéndose en el objetivo de dos bandas rivales, así como de un agente de policía que juega en ambos bandos de la ley. En el camino de Mónica se cruzará con Leo, que empujado por el sentimiento de aquel que no tiene nada que perder, le ayudará en un largo viaje hacia la noche.

Miike nos lleva más allá de ese amor en tiempos de guerra, y es que toma el punto de partida para enviar una carta de amor al yakuza-eiga, y prácticamente al propio espíritu del sindicato del crimen, mostrándoles como unos dinosaurios en un submundo globalizado en el que las nuevas generaciones tienen una visión mucho más pragmática de lo que supone el “arte de la extorsión”, que decía el desaparecido Juzo Itami. Como si fuera su Outrage particular,  Miike reflexiona sobre la yakuza del siglo XXI, y regresa a sus raíces en aquel V-Cinema heredero en formato VHS de la Serie B de género japonesa, invocando de paso al cine yakuza de los años 60 y 70, el de las copias en 35mm que viajaban de un programa doble a otro en el Japón de la era Showa. El director homenajea al ninkyo-eiga, el cine de criminales que seguían el código de honor y defendían al débil del abuso de los poderosos, representado en el cine de la época por la figura de un Ken Takakura que es directamente mencionado por un personaje de First Love, nada menos que una integrante de la mafia china que veremos parecerá haber heredado algo de aquel carácter.

Pero Miike toma como mayor referencia de su nueva película el jitsuroku, aquel yakuza-eiga de los 70 mucho más sucio, de tramas repletas de traiciones y juegos de poder, inspirada en los noticieros de la época. Como aquellas, First Love vuela a ritmo de free jazz, llevándonos de escena en escena con un ritmo aplastante, haciendo funcionar como un reloj suizo –o japonés- a su reparto coral. Saltamos así de personaje en personaje, siguiendo una trama tan simple como el macguffin, una bolsa de deporte llena de droga, excusa para mostrar en toda su salvaje plenitud de violencia gráfica y humor descacharrante el submundo criminal actual. En este sentido la película es puro Miike, haciendo desfilar un auténtico circo de asesinos a sueldo que a pesar de ese aire casi manga de algunos personajes, encaja de una manera natural y orgánica. Se nota que el director se siente aquí mucho más cómodo que en otros de sus proyectos recientes (aunque tan de encargo como este mismo), y en este sentido es muy interesante cómo vuelve una y otra vez al tipo de personajes de los dos protagonistas, aquellos en los márgenes de la sociedad, utilizando en este caso esa melancolía del boxeador (doblemente) derrotado, o la situación al límite de la joven protagonista para mencionar a vuelapluma temas como el abandono o los abusos sexuales. Esta no es una saga épica como Agitator, sino algo mucho menos ambicioso en su desarrollo, aunque su efecto sea más cercano y, por qué no decirlo, con un punto crepuscular.

Y que no falten los “toques Miike”, ya sea esas visiones grotescas de la protagonista, cuya primera aparición bien puede ser una de las escenas más aterradoras que haya rodado el director, recordando a aquel saco de Audition. O como el perrito de juguete más peligroso de la historia del cine, aunque quizás la escena más sorprendente es en la que utiliza un recurso hasta cierto punto inesperado para homenajear a todos aquellos stunts que poblaban el cine de género de los 70 y que, como dice el director, ahora deben de ser tan ancianos como los protagonistas de otro homenaje al yakuza-eiga de tiempos pasados como Ryuzo and His Henchmen de Takeshi Kitano.

Después de numerosos live-action y cintas que no han terminado de convencer a su legión de fans en Occidente, el director de tantas y tantas películas ambientadas en el submundo criminal nos propone una vuelta a las raíces que nos deja el sabor del mejor Takashi Miike.

Por Víctor Muñoz

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