Parásitos: El cine coreano va de 0 a 100 en Hollywood

 ¿Cómo puede una película coreana haber ganado el Oscar a la Mejor Película?

Primer acto, exposición

En un mundo ideal, la respuesta a la pregunta precedente sería sencilla: “Parásitos fue la mejor película de 2019, y por eso ganó”. Pero el nuestro no es un mundo ideal. Para empezar, no existen criterios objetivos que puedan determinar que un film es superior a otros, por lo que cualquier decisión de un jurado o conjunto de votantes se ve condicionada por las particulares circunstancias de esas personas (todas distintas) con derecho a decidir: su visión del cine, su ideología (en un sentido amplio), sus objetivos (transparentes u opacos), las presiones a que se vean sometidas, el momento histórico, las otras películas que hayan visto durante el festival o a lo largo del año, su humor el día en que votan o lo que hayan comido esa tarde; y muchas cosas más. De todo esto, puesto en común y negociado o vertido de forma anónima y convertido en cifras, surge un resultado, que agradará o no al resto de personas y sus circunstancias.

A pesar de esta potencial variabilidad, aparentemente impredecible, con el tiempo aprendemos a detectar tendencias en galardones como los Oscar, cuyo funcionamiento y grupo de votantes es relativamente estable. Esto nos permite anticipar resultados y hacer porras; siempre con un margen de error, claro, que aceptamos y apreciamos como parte del juego. De hecho, las sorpresas son algo deseable en una gala como la de los Oscar, que suele recibir críticas por su plúmbea monotonía.

Otro de los reproches más recurrentes que se le hacen a la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood (organizadora del evento) es la falta de diversidad. En 2015 el lema #OscarsSoWhite, referente al hecho de que la práctica totalidad de nominaciones suelen ser para personas de raza blanca, se convirtió en tendencia; y este año se ha denunciado también la ausencia de mujeres en la categoría de Mejor Dirección.

Posiblemente alertada por estas quejas, y preocupada por unos índices de audiencia televisiva en descenso, la Academia ha introducido en la última década algunos cambios en su funcionamiento y en el de los Oscar. En 2009 modificó el sistema de votación del premio a Mejor Película (únicamente), optando por la denominada preferential ballot (votación preferencial), que favorece a las películas más generalmente aceptadas, pues aunque un film no sea el más votado en primera posición puede ganar si acumula el número suficiente de segundas y terceras posiciones. El efecto de este sistema de recuento se ha dejado notar en la frecuente discrepancia entre el premio a Mejor Película y el de Mejor Dirección (no se han otorgado al mismo film en 5 de las 11 ocasiones, mientras que en los 50 años anteriores solo había sucedido 8 veces), y tal vez sea el responsable de las cinco (relativas) sorpresas que nos ha deparado últimamente el gran premio de la noche, con las victorias de Argo (2013), Spotlight (2016), Moonlight (2017), Green Book (2019) y, por supuesto, Parásitos (2020).

Por otro lado, en 2016 se cambió el sistema de selección de nuevos miembros de la Academia, procurando que accedieran más mujeres y personas de color (en 2012, el 94% de miembros eran blancos, el 77% hombres, y el promedio de edad era de 62 años), y también un mayor número de gentes de otros países (ahora mismo, ya son un 20% del total). Esto último debería favorecer que más películas de habla no inglesa (ahora llamadas ‘internacionales’) puedan competir por un Oscar. En la reciente edición las había en siete categorías; aunque Parásitos fue la única en llevarse el gato al agua. También parece destacable que desde 2010, nueve de los diez Oscar a Mejor Dirección hayan sido para cineastas no estadounidenses; eso sí, salvo en el caso de Bong Joon-ho, era por dirigir films hablados en inglés. En la última década solo tres películas extranjeras han competido por el Oscar principal: Parásitos, Amor (2012) y Roma (2019). Una buena cifra si tenemos en cuenta que en las 92 ediciones de los premios solo han ocupado esa posición 11 títulos, pero parece insuficiente para hablar de un cambio de pauta; más si tenemos en cuenta que Roma es un film producido por una gran empresa norteamericana (Netflix) y que su director, el mejicano Alfonso Cuarón, está bien establecido en Hollywood e incluso tiene ya un Oscar en su haber (por Gravity).

Los Oscar siempre han sido (vistos como) una (arrogante) fiesta del cine anglo-sajón de visos xenófobos. Mucha gente se sorprende al descubrir que los films de habla no inglesa pueden ser nominados, pero la realidad es que cualquier película estrenada en Los Ángeles entre el 1 de Enero y el 31 de Diciembre del mismo año es elegible. El hecho de que en 92 años solo 11 películas internacionales lo hayan sido muestra bien a las claras el alto concepto que Hollywood tiene de su propio arte (y el de sus semejantes, culturalmente hablando) así como la poca consideración que le merece todo aquello que se haga fuera de sus fronteras lingüísticas.

La falta de nominaciones es debida también al desconocimiento. Las películas de habla no inglesa tienen un alcance muy limitado en los EUA a causa de los subtítulos (hay poca tradición de doblaje), que echan para atrás a la mayoría de la gente, incluidos muchos miembros de la Academia. Esa “barrera de una pulgada de altura”, como la denominó Bong Joon-ho en su discurso de agradecimiento de los Globos de Oro, es el primer handicap que deben afrontar las películas extranjeras en suelo norteamericano, y se necesita un buen puñado de votos para conseguir una nominación al Oscar (el 5% del total emitido por los académicos). ¿Cómo logró una película coreana (de una cinematografía hasta entonces ignorada en los Oscar), poco espectacular y sin estrellas reconocibles para el público norteamericano, sobreponerse a las dificultades propias de su condición y, más aún, lograr lo que ninguna intrusa había logrado antes?

 

Segundo acto, desarrollo

Lo explicado hasta aquí indicaría que el terreno era fértil para una sorpresa de este calibre. Pero, siguiendo con el símil, habrán sido decisivos también la calidad de la semilla y el cuidado con el que se la ha hecho germinar.

Quizás una cronología de los hechos nos ayude a esclarecer lo ocurrido. Todo empezaría en mayo de 2019. Después de su presentación internacional en el Festival de Cannes, Parásitos recibe elogios unánimes y entusiastas; y tras desbordar las expectativas ganando el gran premio del certamen, comienza a ser calificada como una de las películas del año. La crítica norteamericana se muestra particularmente receptiva, y el público también. Cuando se estrena de forma limitada en los Estados Unidos en octubre, tras pasar por casi una docena de festivales del país, en los que sigue recogiendo parabienes, consigue el mejor promedio de recaudación por sala del año.

Neon, la pequeña distribuidora de cintas de prestigio que adquirió los derechos de explotación de la película para Estados Unidos, apostó de verdad por su criatura, y llevó a cabo una auténtica campaña de marketing, algo poco habitual para las producciones extranjeras, cosa que le permitió recibir una buena atención. En cuanto a la distribución, se siguió una estrategia típica de las películas independientes: lanzamiento con tres copias el primer fin de semana y progresiva ampliación en función de los resultados. Un mes más tarde, Parásitos podía verse en más de seiscientos cines.

La crítica destaca que el film es atrevido, sorprendente, divertido y que está muy bien realizado, y Bong Joon-ho empieza a sonar como un potencial candidato al Oscar a Mejor Dirección. La extrañeza de la película (achacable a sus cambios de tono narrativo) es tolerable, pues su armazón de film de género conecta bien con un público global. La frescura del film atrae principalmente a una audiencia joven (entre 18 y 34 años, más joven de lo habitual entre las películas nominadas a Oscar), “para la que la película representa el epítome del cine internacional molón. La cinta se ha convertido en una pieza de conversación, cuya trama de múltiples capas se desenvuelve como una cebolla, lo cual ha alimentado los comentarios en redes sociales de forma masiva”, explicaba un analista.

Justo antes de las nominaciones a los Oscar, Parásitos había recaudado 25 millones de dólares en Estados Unidos, una de las mayores cifras jamás conseguidas por una película de habla no inglesa. Pero la bomba aún no había explotado. Las seis nominaciones, en categorías consideradas importantes, catapultaron al film durante las semanas subsiguientes. Su presencia en cines alcanzó las mil pantallas, y los comentarios y debates a su alrededor escalaron a niveles extraordinarios para una obra extranjera. Las buenas críticas (las mejores de entre los títulos candidatos al Oscar) incrementaban las posibilidades de premios, lo que a su vez hacía que los periodistas hablaran del film y, por lo tanto, que la gente fuera a verlo. Se hablaba de las cualidades de la película, pero también de las implicaciones de su éxito y de su presencia en los grandes premios del cine norteamericano.

En medio del acalorado debate sobre la diversidad de los Oscar, y de la no menos controvertida cuestión sobre qué películas son cine y cuáles no –iniciada por las críticas a Marvel de Martin Scorsese, a quien Bong Joon-ho dedicaría unos de sus premios, recordando unas palabras del cineasta neoyorquino sobre la importancia de hacer cine partiendo de lo personal–, Parásitos se convierte en caballo de batalla de quienes pretenden reformar el sistema. La mayoría de esas personas, además, valoran de la película que habla de los problemas del mundo actual y de siempre (discriminación, lucha de clases). Esto es muy relevante, pues mirando la historia reciente de los ganadores del Oscar a la Mejor Película, encontramos que el film con el mensaje de conciencia social ha venido triunfado sobre el de gran espectáculo.

 

Tercer acto, clímax

Ante las buenas perspectivas y el ambiente propicio, Neon decidió jugar fuerte la carta de los Oscar, y llevó a cabo, según dicen los entendidos, una promoción brillante. Entre otras cosas, convencieron a Bong Joon-ho de que se mudara a Los Ángeles durante todo el mes previo a la entrega de los galardones para sumergirse en la campaña, lo cual fue un gran acierto. Con su simpatía y sus discursos, improvisados y sinceros, Bong se ganó a todo el mundo, y provocó la propagación en redes de la etiqueta #BongHive.

Todo ello se materializó en una buena cantidad de reconocimientos durante la temporada de premios: Globo de Oro y BAFTA al mejor film extranjero, WGA al mejor guión o el SAG al mejor conjunto de actores. Este último, otorgado por el mayor grupo de votantes en los Oscar, los actores y actrices, se vio como un síntoma de que algo importante podía ocurrir, pues aunque no siempre predice la mejor película de los Oscar, ha anticipado prácticamente todas las sorpresas, de Shakespeare in Love a Crash y Spotlight. Incluso si no creemos en los premios, reconoceremos que estos otorgan a las películas un aura de prestigio y calidad que influye sobre la manera como las vemos y apreciamos (y votamos). Antes de llegar a los Oscar, Parásitos había recogido algunas de las estatuillas más relevantes del sector (al menos desde una perspectiva estadounidense), que en muchos casos eran insólitos para un film coreano o de habla no inglesa. El sorpasso en los Oscar parecía una posibilidad real. Los académicos lo creían también, como demostraban algunas encuestas anónimas, en que Parásitos era la elección abrumadora.

Y a pesar de todo… parecía difícil pronosticar que esta peculiar cinta coreana, hecha sin mayores pretensiones, podría romper la (casi) institucionalizada hegemonía anglo-sajona de estos premios. No confiaban en ello ni el autor de estas líneas ni la mayoría de predictores, quienes apuntaban a que la ganadora sería 1917 de Sam Mendes, porque se adecuaba a la clásica zona de confort de los Oscar (una gran producción bélica con mensaje pacifista, un portento técnico de impecable acabado). Eso sí, Parásitos era claramente su principal competidora –por delante de los films de Tarantino o Scorsese, lo cual ya era sorprendente de por sí–, y no pocos analistas apostaban por ella, a pesar de que esto implicaba ir contra la lógica de la tradición. Estaban en lo cierto.

El 9 de febrero, en el Dolby Theater de Los Ángeles, se impuso otra lógica. Si es que podemos llamar así al conjunto de decisiones individuales de 8.469 (potenciales) votantes, guiados por sus ideas y gustos, e influidos, de una manera u otra, por lo que se dice a su alrededor. Habría que preguntarles a tod@s, y confiar en que nos dijeran la verdad, para asegurarse de entender lo ocurrido. Sin ese acceso, nos queda especular a partir de los hechos aquí presentados. Suponiendo que podamos considerarlos razones, diremos que ninguna de ellas por sí sola nos basta como explicación. Aquellas que sean ciertas –y tal vez otras que no se hayan detectado– habrán actuado conjuntamente en una especie de ‘tormenta perfecta’, dando lugar a un hecho extraordinario. El tiempo nos dirá si se trata del resultado de un nuevo paradigma o de un accidente.

 

Epílogo

Nunca una película coreana había estado presente en los Oscar, en ninguna categoría. El vigor, el nivel técnico y la fértil creatividad demostradas en las dos últimas décadas por esta cinematografía, ahora ampliamente comentadas, no habían bastado para llamar la atención de los académicos. Hace un año, Burning de Lee Chang-dong estuvo en la preselección de nominadas para la categoría de habla no inglesa; Oasis y Secret Sunshine del propio Lee, Chunhyang de Im Kwon-taek, Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera de Kim Ki-duk, o Mother de Bong Joon-ho (por citar algunos ejemplos notables), no llegaron ni a eso. Así que el reconocimiento a Parásitos tiene un regusto a desagravio (involuntario, claro) que muchos coreanos ansiaban. La casualidad ha querido, además, que haya llegado en el año en que se conmemoraba el centenario del cine coreano (1919-2019). Todo un cuento de hadas de final feliz. Y… ¿continuará?

Ahora debemos preguntarnos: ¿lo ocurrido puede dar más oportunidades a las próximas candidatas coreanas? Es improbable que ninguna vaya a disfrutar de un éxito parecido al del film de Bong. Y sería iluso esperar que ahora se abran las puertas del mainstream internacional o, al menos, yanqui para el cine coreano (aunque seguro que ayudará a cerrar algunos buenos acuerdos). Es posible, sin embargo, que encuentren una mayor receptividad, por un simple efecto de contagio. Pronostico, pues, que en los próximos años veremos algún otro representante de Corea del Sur entre los finalistas a Mejor Película Internacional. Su suerte, ya no me atrevo a anticiparla.

Por Jordi Codó (CineAsia)

 

 

 

 

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